BUENOS AIRES.- La izquierda tradicional, de matriz anticapitalista, no puede entender que Mauricio Macri haya integrado en su gobierno a hombres de empresa. Su desprecio por el capitalismo es tan fuerte que estigmatiza a todo aquel que proviene de ese mundo, con independencia de cuáles sean sus capacidades.
Desde los últimos reductos kirchneristas se caracteriza al gobierno de Macri como una “CEOcracia”. La izquierda tradicional siente por los gerentes y el capitalismo la misma repugnancia que los creyentes por la figura de Satanás. Ambas visiones son religiosas, distantes de la política.
Una mirada similar ofrece Beatriz Sarlo, crítica del kirchnerismo pero compartiendo con él la visión de la izquierda anticapitalista. En diálogo con TN, Sarlo condenó que los funcionarios públicos escogidos por el Presidente para su gabinete y demás dependencias del Estado no tengan formación política sino que sean gerentes.
“Tenemos que señalar aquí que los países a los cuales les admiramos su política tiene ministros y funcionarios con una carrera política, que se forman en universidades y escuelas de gobierno”, añadió. Una apreciación un tanto tardía, que debió haber sido expuesta antes, cuando estábamos en Argenzuela y la distancia con Francia era todavía mayor. La izquierda anticapitalista ha visto siempre al capitalismo como un ogro, de modo que parte del prejuicio que nada bueno puede provenir de su seno. Ignora cómo funcionan internamente las empresas en el capitalismo y condena anticipadamente la presencia de gestores que vienen del mundo de la empresa privada. Asumen tardíamente la importancia de la formación de los cuadros políticos en las escuelas de gobierno, pero no registraron que durante doce años el populismo anticapitalista ha llenado la Administración pública de “ñoquis” y de ministros elegidos por su simpatía y habilidad en tocar la guitarra.
Estos prejuicios, como señala Roberto Ampuero en “Diálogo de conversos”, son atávicos y provienen de que “la izquierda proyecta una imagen idealizada y esquemática del ser humano: están los abnegados y desinteresados revolucionarios del mundo por un lado y los inmorales y avarientos reaccionarios del mundo, por el otro”.
Este maniqueísmo, de matriz religiosa, está basado en las visiones milenaristas en la que el Bien enfrenta secularmente al Mal para traer el Paraíso a la tierra. De modo que para estos progresistas que arrastran prejuicios milenarios, todo el capitalismo y por extensión sus gerentes, forman la parte execrable de la humanidad. Una nueva muestra de esta ceguera ideológica la ofrece la historiadora María Beatriz Gentile, quien se pregunta, retóricamente, si “la sociedad se gobierna o se administra”. Y contesta, en tono mayestático, que “administrar no es lo mismo que gobernar: se administran bienes materiales pero se gobierna a seres humanos”. Es decir que para esta historiadora kirchnerista los gerentes en las empresas administran bienes materiales, pero no dirigen seres humanos. Lo cual es revelador de la ignorancia más palmaria de cuanto sucede en el seno de una organización empresarial. La actividad de los gerentes en las grandes compañías consiste básicamente en formar y dirigir equipos de seres humanos. Quien haya tenido una mínima experiencia en empresas conoce la extraordinaria similitud que existe entre la política arquitectónica y la gestión empresarial. En ambos espacios hay que desarrollar capacidades para ejercer el liderazgo, es decir trazar los objetivos generales y motivar a los implicados.
La motivación consiste en lograr el alineamiento de las metas individuales con las colectivas. En esta labor, los líderes intentan disminuir la intensidad de los conflictos y buscan soluciones transaccionales que eviten el fracaso.
La capacidad de liderazgo se evidencia también en el éxito en transmitir esos objetivos a los demás y ganar la confianza de los administrados. También en las grandes empresas hay una suerte de cursus honorum, donde la mayoría de los altos ejecutivos han comenzado desempeñando las tareas más básicas desde la sala de máquinas.
Tan similares son las tareas que deben acometer políticos y ejecutivos empresariales, que ha dado lugar al nacimiento de una nueva disciplina, la nueva gestión pública (NGP) -en inglés ‘new public management’ (NPM)- que es una hibridación de ambos espacios. El objetivo de esta disciplina consiste en optimizar los recursos humanos con que cuenta la Administración pública, trasladando prácticas que han tenido éxito en el mundo de las empresas: asegurar fórmulas imparciales de selección, basadas en las capacidades profesionales; motivar a los funcionarios, estableciendo sistemas de evaluación en el desempeño de los organismos públicos y generar información confiable que llegue a los ciudadanos. Se trata, en definitiva, de modernizar el aparato administrativo del Estado, de un nuevo modo de concebir la relación de la Administración con los ciudadanos y una forma de legitimar la acción del Estado ante la sociedad.