“Los que afirman que el deporte no tiene nada que ver con la política o realmente no saben nada o es que saben demasiado”. La frase la dijo años atrás Gerardo Caetano, uno de los historiadores más prestigiosos de Uruguay. Caetano era delantero del club Defensor cuando Uruguay fue sede del Mundialito de 1981, una especie de Minicopa Mundial de la FIFA que la dictadura cívico militar del país vecino (1973-85) celebró casi en simultáneo con un plebiscito organizado para seguir controlando el poder. El 57,2 % del pueblo uruguayo dijo No a los militares y, pocos días después, comenzó el torneo. La Argentina de César Menotti, campeona mundial y ahora con Diego Maradona, lideraba el grupo B junto con Brasil y Alemania. Uruguay jugaba en el A, con Italia y Holanda. La “celeste”, que no había logrado clasificarse para el Mundial 78, ganó 2-1 la final a Brasil y la gente celebró cantando por primera vez “se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar”. El expresidente uruguayo Pepe Mujica estaba preso en condiciones infrahumanas y en la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF), que presidía el capitán de navío Yamandú Flangini, estaba en Tesorería y Finanzas Tabaré Vázquez. Representaba al club Progreso. Ahora reimpulsa el deseo de llevar un Mundial a Uruguay en compañía de Argentina. El deseo fue anunciado el jueves último, tras la reunión de Vázquez con Mauricio Macri, también él hombre de fútbol.

El modestísimo club Progreso, eso sí, era la cara opuesta de la opulencia de Boca, que presidió Macri. “Los clubes, incluso los exclusivamente deportivos, son mucho más que una camiseta, diplomas sobre una pared o copas en una vitrina. Son su gente”, dijo alguna vez el actual presidente de Uruguay. Tabaré fue elegido vicepresidente de Progreso en 1978 y presidente en 1979, cuando lo asciende a Primera en final ante Miramar, con 11.000 personas en el Centenario y fiesta popular en las calles en plena dictadura. José Vázquez, abuelo de Tabaré, había sido fundador y presidente del club a comienzos del siglo XX. Tabaré fundó en 1958 su propio club, El Arbolito, donde instaló una policlínica para atender gratis a la gente del barrio pobre de Las Tejas, porque ya era un avanzado estudiante de Medicina. Le decían “Tabita” y, además, era arquero del equipo, su puesto también en la escuela salesiana, “después del catecismo de los sábados”. Presidente además de la Liga Universitaria en 1985, Tabaré clasificó a Progreso a la Copa Libertadores en 1987 y en 1989 lo coronó campeón uruguayo por primera y única vez en su historia. Ese año, dijo Tabaré al semanario “Búsqueda”: “cuando voy a ver a Progreso al Centenario me olvido que soy el presidente del club, a tal punto que nadie puede decir que me haya visto en el palco oficial. Voy al talud. Si jugamos en la cancha nuestra me pongo detrás de un arco con mis amigos. Y como soy pasional le grito al juez, a los contrarios, a los líneas, a la hinchada rival. No me soporta nadie. Confieso con vergüenza que muchas veces me he agarrado a golpes de puño”. Acaso por eso lo apodaban “El Energúmeno”.

Le fue imposible hacerlo en la campaña campeona de 1989, porque ese año Tabaré ya estaba en campaña política y apenas siguió por terceros la fiesta del título. Quería ser  intendente de Montevideo por el Frente Amplio.

El 26 de noviembre ganó la elección y el 14 de diciembre Progreso se coronó campeón. Política y fútbol. Fútbol y política. Uruguay tenía por entonces como presidente a Julio María Sanguinetti, del conservador Partido Colorado y que años atrás, en tiempos de militares, había buscado refugio y conexión popular como titular del poderoso Peñarol.

Fue Sanguinetti quien vetó a Tabaré como presidente de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF) cuando tenía los votos para asumir. Sanguinetti, según contó entonces la revista “Caras y Caretas”, ordenó al presidente de Peñarol, José Pedro Damiani, que además era director del Banco Central del Uruguay, que vetara a Tabaré, por socialista. La AUF entendió el mensaje y eligió a Donato Grieco, de Danubio, según recordó el periodista Luis Prats en su libro de 2015 “Goles y votos”. ¿Acaso alguien cree que cosas así sólo suceden en la Argentina?

Tabaré, eso sí, se tomó revancha en 2005, cuando el pueblo uruguayo, después de dos primeros intentos frustrados, lo eligió como presidente del país, el primero que rompió con 174 años de hegemonía de los partidos Colorado y Nacional.

Tabaré comenzó a vincularse con la política en los 70, cuando visitaba en la prisión a su hermano menor, Jorge, hoy subsecretario del Ministerio del Interior, pero entonces militante de la Federación Anarquista del Uruguay (FAU) y luego comando de su brazo armado, la Organización Popular Revolucionaria 33 (OPR-33), un grupo que buscó combinar las luchas sindicales y la guerrilla urbana con una concepción diferente a la de los tupamaros. Se vinculó primero con el Partido Socialista. Y el Frente Amplio se fijó en él cuando, vaya paradoja, Tabaré ganó popularidad con  el fútbol. Primero con el club Progreso y luego por aquel veto de Sanguinetti. Muchos militantes izquierdistas del Frente Amplio, cuentan algunos libros, lo miraban con desconfianza, por demasiado conservador y religioso, pero Tabaré llegaba a sectores que ellos no llegaban. El fútbol, claro, tuvo mucho que ver con eso. Por eso no sorprende el anuncio del jueves pasado sobre la postulación del Mundial 2030 junto con Argentina. Tabaré sabe de qué se trata.

También Macri lo sabe, por supuesto. Boca, con el que ganó 16 títulos entre 1995 y 2008, fue su gran trampolín a la política.  Tabaré y Macri no están solos. También el presidente de Paraguay, Horacio Cartes, condujo a Libertad entre 2001 y 2012, sumó siete títulos locales y tuvo como DT campeón de su equipo al “Tata” Martino. A su estadio le puso el nombre de Nicolás Leoz, el ex presidente de la Conmebol hoy acusado de graves cargos de corrupción. En 1997, Abdalá Bucaram fue al mismo tiempo presidente de Ecuador y de Barcelona de Guayaquil, y en 2006 el millonario empresario Sebastián Piñera fue accionista mayoritario de Colo Colo y presidente de Chile, aunque es hincha de Universidad Católica. Que el tema no es patrimonio del llamado Tercer Mundo lo demostró como nadie Silvio Berlusconi, empresario con dineros de origen dudoso que le permitieron comprar al popular Milan, sacarlo multicampeón, ganar popularidad y asumir luego como premier de Italia.

Rusia será sede del Mundial 2018 y Qatar, al menos por ahora, mantienen su sede para 2022. China asoma como candidato para 2026 y Argentina-Uruguay, si la Europa Occidental no se opone, bien podrían ganar la sede para 2030. Tabaré, que hoy está en el centro de críticas en su país, fue elegido presidente de Uruguay otra vez en 2015 con gritos futboleros que remiten al Racing del DT José Pizutti. “Y ya lo ve, y ya lo ve       -cantaron sus simpatizantes- el presidente Tabaré”. Su padre, Héctor Vázquez, militante sindical del Partido Socialista en la petrolera estatal Ancap, le prohibió un primer viaje adolescente a Buenos Aires, enojado porque su hijo no había estudiado mucho ese año. Claro que Tabaré viajó luego decenas de veces a Buenos Aires. Tiene 75 años, y si la salud lo mantiene vital para 2030 seguramente estará en la apertura del hipotético Mundial del Río de la Plata. Serán entonces otros los que seguramente buscarán sacarle rédito político a la fiesta.