Es tiempo de Navidad, lo que equivale a decir que es tiempo de reflexión, de meditación. No importa la religión que se practique ni tampoco si no se practica ningún culto. El espíritu navideño contagia a todos de la necesidad de sacar a luz los valores más trascendentes de la vida. Entre ellos, qué duda cabe, figura la esperanza. La esperanza de vivir mejor, de que se cumplan los sueños por los que se trabaja día a día, de que el mundo sea un lugar más amable para todos los seres humanos. En esta fecha también cobra fuerza la importancia del encuentro. Con uno mismo y con los demás. Ese encuentro que facilita la celebración de la vida, la celebración del renacer una vez más.
Y esta Navidad nos encuentra a los argentinos viviendo una situación especial. El Gobierno acaba de pasar de manos, de un signo político a otro, y los que eran oficialistas hoy son oposición y viceversa. Y con este hecho, que marca un hito más en la consolidación de la democracia, se abre, además, la posibilidad para el encuentro entre los argentinos.
Más vigorosa será nuestra Nación y más poderosa nuestra democracia cuanto más aprendamos a convivir en el disenso. Y este es un momento apropiado para reflexionar sobre estos temas, ya que, indudablemente, la Navidad trae consigo esos aires humildes de entrega y de amor que tan bien conducen a la reconciliación. Sin revanchismos, sin agravios innecesarios, sin degradar lo ajeno para hacer resaltar lo propio. Buscar motivos para los enfrentamientos entre los argentinos no tiene sentido. Cada voz tiene derecho a hacerse oír, cada grupo tiene derecho a expresarse, la comunidad es responsable de ejercer y reclamar el apego a las instituciones, a las leyes y, por sobre todo, a la Constitución Nacional, esa gran norma dentro de cuyo marco la convivencia es posible, porque ella nos pone límites a todos, desde el máximo poder de la República, que es el Presidente, hasta el último de los ciudadanos. Todos estamos orientados, direccionados, condicionados, si se quiere, por las leyes que sostienen a nuestra querida patria.
Y la patria como tal es una construcción conjunta. De manera que donde pongamos odio, temor, agresión, represión, de esos materiales oscuros quedará construido ese pedazo de nación. Cuánto mejor será que trabajemos para construir con los mejores materiales: la alegría, la integración, la inclusión, y muy especialmente, el diálogo. Dialogar implica hacer explícito el punto de vista propio a la vez que escuchar, haciendo el esfuerzo de ponernos en el lugar del otro, aquello que ese otro está demandando, pidiendo o reclamando. Y este ejercicio continuo de dialogar es un imperativo para nuestras autoridades, tanto las nacionales como las más cercanas, las de la provincia y las de las ciudades.
El bien común depende de esa capacidad para el diálogo que muestren nuestros gobernantes. Su principal intervención debe apuntar, precisamente, a anteponer el bienestar general a los intereses particulares, que siempre suelen ser mezquinos. Ya hemos tenido largas experiencias los argentinos como para saber, con certeza, que el desarrollo del país solo se produce cuando todos los sectores sociales y todos los factores económicos ganan. No cuando lo hacen solo algunos pocos a costa de otros muchos que van perdiendo derechos, beneficios y espacios que les son propios por simple dignidad humana.
Esta Navidad y este cierre de año con vientos de cambio en la sociedad deberían ser aprovechados por autoridades y ciudadanos para sentar las bases de una convivencia fraterna, donde al igual que en una familia bien avenida, a nadie se le imponen las cosas por la fuerza y a nadie se lo amordaza para que no exprese su desacuerdo.