Arturo Gómez López - Psicólogo
La costumbre de guardar cosas en desuso es en algún sentido eso: una costumbre. Y las costumbres no suelen ponerse como objetos de la reflexión sino hasta que nos empieza “a molestar”, y por ende cuestionamos su racionalidad y su utilidad práctica.
Nuestros abuelos, inmigrantes muchos todos ellos, vinieron casi literalmente sin nada. Entonces el trabajo se hiper valoraba porque era la herramienta que te permitía “equiparte”. Y como en ese entonces las familias tendían a ser numerosas, era razonable que “siendo muchos y de clase media”, se instale la costumbre de guardar, bajo el lema “el que guarda siempre tiene”, que además de darles a los padres una sensación de seguridad, generaba también en los hijos la noción de la solidaridad...pues “lo mío” puede servirle después “a otro”. Pero los modelos económicos, de producción y de comercialización, han cambiado hacia el lado del bienestar personal casi por encima del bien común....lo que a su vez ha modificado los patrones de relación interpersonal y las cosas que se intercambian en los vínculos. De este modo, “el otro” fue desapareciendo de nuestro modo de pensar, de comprar, de guardar y de dar. De hecho, la costumbre de guardar se mantiene entre personas de 40 años o más, pero está claramente debilitada en las generaciones de jóvenes, que tienen más el criterio de lo descartable y lo renovable.
El momento de deshacerse de algo, de algún modo esta relacionado con nuestras ideologías y valores. A veces, pequeñas cosas que solo tienen valor afectivo, se guardan para siempre. Y eso es claramente por lo afectivo, no por su utilidad ni precio. Es difícil dar ese tipo de objetos.
Pero estaría bueno volver a aprender a pensar en el otro a la hora de comprar. Tal vez así guardaríamos menos y donaríamos más, sin que para donar haga falta que ocurra una catástrofe (situaciones en las que el pueblo argentino ha demostrado ser sensible y solidario).
El momento de desprenderse de algo es siempre, sobre todo si aprendemos a ponernos en el lugar del otro. Naturalmente que la propia preservación debe regir nuestras conductas, pero podemos dejar de ser acumuladores... y más aún acumuladores de cosas que es muy probable que nos olvidamos que las guardamos, incluyendo comida no perecedera. Tal vez se trate de distinguir entre “guardar” y “esconder”, que es lo que nos priva de la generosidad con un esfuerzo mínimo.