Tres mandatos consecutivos de Gobierno kirchnerista han terminado. Con ellos se han completado 12 años de fracaso institucional. O lo que es igual: más de un tercio de la historia argentina reciente, alumbrada con la inauguración de la democracia en 1983, estuvo signada por la puesta en crisis de las instituciones del país. O lo que es peor, si se abre la lente para observar el impune menemato y la fracasada Alianza: otro tercio más. Para perder oportunidades, hay que desperdiciarlas así.

Unos dirán que no pide mucho. Otros, que exige demasiado. Pero la Constitución Nacional, esa institución escrita de los argentinos, manda representatividad, república y federalismo. Poco apego hubo para esos preceptos fundantes de esta nación.

La institución del federalismo fue reemplazado por un mecanismo unitario, que fomentó desde la Casa Rosada un régimen rentístico espurio. El Poder Ejecutivo (unipersonalísimo por naturaleza) resolvió a qué provincias les daría, discrecionalmente, más recursos que a otras; mientras perjudicaba a todas, sin excepción, con retenciones indebidas de la Coparticipación Federal de Impuestos. O con la literal apropiación de la recaudación del Impuesto al Cheque: el Gobierno central se quedó con el 80% de ese tributo. Sólo tres provincias, Santa Fe, Córdoba y San Luis, acudieron a la Justicia en contra de la exacción. Las demás vivieron una década arrodillada.

Claro que para eso hubo demasiados gobernadores indignos. Y una legión de parlamentos sin ley...

La Presidencia, al igual que el Senado y la Cámara de Diputados, tres protagonistas institucionales con capacidad de control de unos sobre otros, con atribuciones de frenos mutuos, no actuaron como los tres actores institucionales de veto que son, sino sólo como uno. Las mayorías parlamentarias fueron manejadas con lógica de patotas. “Si no les gusta, formen un partido y ganen elecciones”, desafiaba la jefa de Estado. Fue profeta en su tierra. Y, también, una docente que enseñó de manera incontrastable que la democracia, sin los límites de la república, es una instancia en la que las minorías no importan. Dicho de otra manera (a la manera del constitucionalista Roberto Gargarella), para que la democracia funcione, tiene que primar el constitucionalismo.

Claro que para hacer del Legislativo una instancia de servidumbre de paso de los antojos del Ejecutivo también hubo muchos representantes de gobernadores postrados y pocos representantes del pueblo.

El Guernica de las instituciones que forjó el kirchnerismo se completó con el asedio contra la Justicia. persiguieron ideológicamente, con impecable fascismo, a un hombre digno de la democracia, como Carlos Fayt. Él fue uno de los jueces de la Corte que en 1986 confirmó la sentencia contra las juntas militares a las que supo indultar Carlos Menem, con quien posaban graciosamente la ahora ex presidenta y su esposo, el fallecido ex mandatario. Porque, para consagrar un antónimo circular de la república, se sucedieron en el poder marido y mujer.

Manosearon el Consejo de la Magistratura en la obsesión de nombrar desvergonzadamente como juez precario a cualquiera dispuesto a exhibir orgullosamente sus hilos de marioneta. Bastardearon los Tribunales comparándolos con un partido judicial, mientras el oficialismo fundaba el verdadero partido judicial, “Justicia Legítima”, y la Procuraduría General de la Nación designaba fiscales adictos y perseguía fiscales que no se dejaron domesticar.

Claro que para eso hicieron falta muchos magistrados dispuestos a mirar al costado con tal de no perder el sueldo de seis cifras sin Impuesto a las Ganancias ni la jubilación con 82% móvil. Los mismos que se apuraron a sentenciar después de que los “K” perdieran en el balotaje...

La procuradora Alejandra Gils Carbó (plan B luego de la fallida intentona de nombrar a Daniel Reposo y su promedio académico 4,7) no se da por aludida y sigue en el cargo. Y pensar que Occidente, hace 10 años, se sorprendía con esa patrulla perdida de soldados japoneses escondidos en la selva filipina, esperando durante 60 años la llegada de los enemigos que nunca aparecerían porque la II Guerra Mundial había terminado...

Esa fue el verdadero relato del kirchnerismo. La construcción paranoide de enemigos fantasmales, tramando eternamente imaginarios golpes de estado imposibles, que impidieran el traspaso democrático de los atributos del mando entre presidentes electos en las urnas. La democracia sigue, pero la ex presidenta que agitaba espectros no se presentó a honrar la tradición que, según ella, otros querían conjurar.

Claro que para eso tuvo que haber una multitud adscribiendo a la doctrina de que quien no estaba de acuerdo con la Presidenta era un adorador de dictaduras. Quien sí estaba de acuerdo, en cambio, era merecedor de todas las indulgencias. Desde el ex vicepresidente Amado Boudou hacia abajo. Porque no es que él maniobró el levantamiento express de la ex Ciccone a cambio de apropiársela vía testaferros; en realidad, nunca le perdonaron que condujera la Anses cuando se acabó con el régimen de las AFJP...

Por cierto, por disposición de María Romilda Servini de Cubría, la jueza que en 2003 permitió que el peronismo postulara a la Presidencia, simultáneamente, a Adolfo Rodríguez Saá, a Menem y a Kirchner (gracias a ello, este último fue Presidente), la última jornada del kirchnerismo en Casa Rosada fue el 9 de diciembre. La fecha en que, desde 1998, se conmemora la sanción de la Convención de las Naciones Unidas contra la Corrupción. Es decir, el Día Internacional contra la Corrupción. Las ironías de la Historia siempre tienen sabor a patada en el hígado.

Llegaron a negar que el Memorándum con Irán no buscaba reemplazar por una “comisión de la verdad” a la causa que investiga el atentado contra la Argentina a través de la AMIA. Afirmaron que era una manera “diferente” de buscar respuestas. Cuando apareció muerto Alberto Nisman, el fiscal que denunció que ese acuerdo intentaba dar impunidad a los autores ideológicos del ataque que mató a 85 argentinos, la ex mandataria calló una semana. Luego insinuó por Facebook que había sido un suicidio. Tres días después, cuando una multitud “K” insultaba en los medios y en las redes sociales a cualquiera que dudase de esa hipótesis, la ex presidenta dudó: escribió otra vez en Facebook que podría tratarse de un homicidio. En apenas 24 horas, pasaron de demonizar a Jorge Bergoglio a santificar al Papa Francisco.

En rigor, lo alarmante no es el ridículo, para el cual el peronismo reserva el infierno del no retorno. Lo doloroso fue que tantos y tantas confundieran la mera opinión de su referente política con una verdad revelada. Y que execraran a quienes, meramente, opinaban distinto. Afectos de toda la vida se perdieron para toda la vida. Ningún gobierno, aquí ni en ninguna parte, merece hacerle pagar a su pueblo el oprobioso costo del antagonismo. Mucho menos si lo que se está pagando, y caro, es populismo.

Tanto es así que el fin de ciclo no es ideológico (el kirchnerismo no fue más que un gobierno burgués, con funcionarios de discurso marxista y patrimonio neoliberal), sino económico. Las materias primas se depreciaron y se depreciaron los populismos. Ya que la soja dejó de valer 600 dólares, y el barril de petróleo bajó de 110 a 40 dólares, comenzó a tambalear el consenso popular rentado del populismo. Perdió el kirchnerismo en Argentina, el chavismo en Venezuela, y tambalea el Gobierno del PT en Brasil.

No fue magia: fueron commodities a buen precio.

Para peor, esta semana, esta misma última semana del kirchnerismo en el Gobierno, el Observatorio de la Deuda Social Argentina dio a conocer su último informe sobre la infancia, que no fue desautorizado por el Gobierno provincial. Dicho en números, el 57% de los chicos experimenta una situación de pobreza en el Gran San Miguel de Tucumán. Es decir, en la Capital, Banda del Río Salí, Tafí Viejo, Las Talitas y Alderetes. Dicho en garantías básicas, seis de cada diez menores de 17 sufre alguna privación en el ejercicio de derechos de la infancia: a la vivienda digna, al saneamiento, a la alimentación, a la estimulación temprana (de los procesos cognitivos en la primera infancia), a la atención de la salud, a la educación y a la información. Esa es la buena noticia: la mala es que esa es la mirada sobre los centros urbanos. Fuera de foto está la pobreza rural, tan carente de todo servicio.

Esas son las deudas después de la década de la fractura social. Después de la década de mayores ingresos de la historia para la Argentina. Después de la década que, a pesar de esos ingresos, se gastó también las reservas del BCRA. Después de la década en la que todo eso junto no alcanzó, y dejan un déficit fiscal de, cuanto menos, el 7% del PBI nacional. Debieron aclarar entre quiénes iban a redistribuir la riqueza. La pobreza de los niños es el vencimiento del relato.

Esa realidad que asoma se da en este Tucumán que también tuvo ingresos inéditos: en sus 12 años, el alperovichismo administró 140.000 millones de pesos en presupuestos públicos. Según el informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina, en el quinquenio 2010 – 2014 de esos tiempos de dineros públicos valijeados se logró revertir en un 3% la pobreza severa: los rescatados son ahora pobres moderados...

Claro que para eso debió gobernar el país un régimen que acicateó los estados de excepción en los gobiernos provinciales. Tucumán es uno de sus hijos dilectos. Aquí, a medio camino entre la ley y la anomia, entre la república y la autocracia, sufrimos 12 años de suspensión del derecho: 12 años de normas vigentes que no se aplicaban.

Sólo porque esta es tierra de nadie a medio camino entre la democracia y la no democracia es que, en el final, el kirchnerismo exhibió gestos que parecen altruistas al lado de los que mostró el alperovichismo. El jueves, Cristina y su familia viajaron a la Patagonía en un vuelo de línea y en clase turista. El viernes anterior, José Alperovich y familia usaron el avión sanitario de Tucumán para regresar desde Aeroparque.

Léase, a cambio de votos en las urnas y votos en el Congreso, el kirchnerismo apañó en algunas provincias gobiernos peores que el kirchnerismo. Y eso no es un agravante: es un crimen de lesa república.

Comienza ahora el tiempo de controlar si las declaraciones del nuevo oficialismo contra la corrupción, a favor del diálogo y la unidad, en nombre de la reparación del Norte Grande (NOA y NEA) y de lograr “pobreza cero”, son verdad o son relato.

El macrismo prometió una revolución de la alegría. La única alegría institucional posible es la república.