“En Santa Lucía tratamos de no morirnos mucho. Aquí nadie puede ser sepultado. Desde que se fundó el pueblo, hace 133 años, no tenemos un cementerio donde enterrar y venerar a nuestros difuntos”, afirmó don Isidoro Rosa Medina, ex legislador provincial durante el último gobierno de don Fernando Pedro Riera, en la pasada década de los ‘80.

“En la necrópolis de Acheral (foto de abajo) ya no quieren recibir a nuestros muertos, porque está colmada. Tenemos que optar por llevarlos a Monteros o a Famaillá”, agregó el verborrágico y frontal dirigente, de 82 años, militante “peronista, católico, apostólico y romano”, como él suele autodefinirse.

El flamante comisionado rural de Acheral, Luis Rolando Trejo, reconoció el convenio con su comuna vecina para enterrar a los muertos de Santa Lucía; pero también resaltó que el cementerio de su jurisdicción está casi completo hasta para los acheralenses. “Nosotros también estamos buscando otro predio. Por acá no hay tierras fiscales y la mayoría de las extensiones son privadas. Pero estamos cerca de conseguirlas”, se explayó.
  
El más próximo

“El lugar más cercano a nuestra comunidad (Santa Lucía) es el cementerio privado Los Jazmines, de Los Sosa. Allí sólo se puede sepultar a los fallecidos previo pago de un canon, por la parcela”, reconoció don Medina. “Para que pudieran descansar en paz muchos que nos dejaron tuvimos que hacer una colecta a fin de que pudieran pagar esa última morada”, contó Cirilo Carmona, de 71 años.

En el libro de la antropóloga social y bioquímica santaluceña Lucía Mercado “El Gallo Negro. Vida, pasión y muerte de un ingenio”, la autora consigna en el capítulo “El viaje a Laciudá”, página 32, que “Santa Lucía tenía de todo menos camposanto. Era como que el asunto este de la muerte no queríamos tenerlo ni cerca. Ningún santaluceño podría hacer ni cuentos ni narrativas como ‘…que, al pasar de noche, a la orilla del cementerio, entonces…’ De eso nada, ni hubo ni hay”.

Al respecto, don Isidoro Medina recuerda que hubo tres o cuatro delegados comunales que prometieron hacer un cementerio. “Pero sólo se fueron en promesas. Por uno u otro motivo nunca se concretó. En 1962, cuando me dejaron sin trabajo en el ingenio (era delegado gremial de sección y me armaron nueve causas, aunque ninguna me probaron), me incorporé a la cooperativa de consumo Santa Lucía, que por entonces comenzó a delinear, en la colonia Zavalía, un predio sacramental. Pero en lugar de muertos se terminaron metiendo vivos. De esta carencia ni yo me salvo. Porque cuando fui legislador tampoco pude hacerlo”, agregó con su característico estilo autocrítico.

El lugar elegido

Zavalía es un lugar ubicado al este de Santa Lucía, a una cuadra del cruce entre las rutas provinciales 307 y 324, más conocida como Interpueblos. Era una colonia del cerrado ingenio que le dio nombre al pueblo.

Un pueblo donde la muerte se paseaba a diario en los años 70 

Ubicada a la vera de la transitada ruta hacia los Valles Calchaquíes -la provincial 307-, Santa Lucía es una comuna del departamento de Monteros, a 52 kilómetros de nuestra capital. Parte del interior profundo del suroeste tucumano no logró escapar a la guerrilla rural. Allí funcionó el ingenio Santa Lucía -fundado el 7 de noviembre de 1882 por la sociedad que integraban José Federico Moreno, Gerardo Constanti y Félix Aguinaga-. La mayoría de los obreros que trabajaban en la fábrica eran de ese pueblo que nació con el ingenio. La historia nos recuerda que para la zona todo cambió en 1968, cuando la dictadura de Juan Carlos Onganía ordenó el cierre de ese ingenio y de otros 10 más.

Cuando se acallaron las centrífugas, se murieron los vapores y el ingenio quedó frío, Santa Lucía se convirtió en uno de los epicentros del Operativo Independencia, ejecutado por un decreto del gobierno de María Estela Martínez de Perón que tenía como objetivo “aniquilar” la subversión. El plan continuó en el gobierno de facto que encabezó Jorge Rafael Videla. Y en ese lugar donde la muerte se paseó a diario durante varios años (1975 a 1983) paradójica o irónicamente nunca hubo cementerio.

Sótano macabro

“Hace poco descubrieron el sótano donde funcionó el centro clandestino de detención de la base militar que se instaló aquí”, contó María Viviana Mantera, estudiante universitaria, de 21 años. “Nunca se había podido acceder a él. Hoy es una prueba documental clave para ratificar los testimonios de las víctimas cuya causa irá a juicio en mayo próximo”, agregó.

El sótano fue construido a fines del siglo XIX por los entonces dueños del ingenio y está ubicado debajo de lo que fue la administración de la fábrica.

El reelecto comisionado rural santalucense, Juan Carlos Norry, no evadió su responsabilidad. “Mi asignatura pendiente es concretar, en este nuevo período, la necrópolis local. Por diversos motivos la creación del cementerio fue posponiéndose. Por carencia de terrenos fiscales, por problemas de napas. Ahora será una realidad sobre las tres hectáreas de Zavalía”, anunció con firmeza.

No obstante, don Isidoro Medina, casado desde hace 60 años con María Fernanda Reynoso y residente en Santa Lucía desde que nació, estima que será difícil que se haga el cementerio. “Ni siquiera podemos morirnos tranquilos y que nos sepulten en nuestro propio pueblo”, lamentó.

El paisaje urbano cambió un poco en Santa Lucía. Hay más iluminación y más calles asfaltadas. Pero sus habitantes todavía esperan por un cajero automático y por la instalación del gas natural. Los sepelios ya no se hacen en vagones. Hoy el cortejo es de autos fúnebres. Pero el finado sigue siendo sepultado afuera de Santa Lucía.

Entre cruces y candelabros

Colonia Zavalía.- Los pilares del pórtico de acceso aún están en el lugar. Por cierto, el cementerio nunca se concretó en ese paraje. El portón desapareció, y el lugar de última morada para difuntos se convirtió en asentamiento irregular de los vivos. Hasta que fueron desalojados. El ex ingenio donó las tierras. Juan Carlos Norry, el hoy comisionado rural reelecto, asegura que va a construir el cementerio en ese mismo paraje. No precisó si es el mismo predio, pero anunció que para ello se cuenta con tres hectáreas en Zavalía.

La jurisdicción.- Además del casco urbano, la jurisdicción comunal santaluceña se localiza al noreste del departamento Monteros e incluye los parajes Santa Elena, La Aceitera, Las Dulce, Negro Potrero, Santa Mónica, Fagalde, La Ciénaga, Zavalía, La Grúa y Orona. El área es como un rectángulo. El límite oeste es el río Cañas Horcones; el del norte, el Caspichango-Aranilla -la separa del municipio de Famaillá- y el del sur, el río Zerda.

La cruz mayor.- En la intersección de las avenidas Libertador y Avellaneda se encuentra la cruz mayor. Todo un símbolo de Santa Lucía. Está en el centro de una rotonda, en diagonal con la iglesia y frente al edificio de la Comuna. A la par, sobre Avellaneda y hacia el oeste, se encuentra el casco del ex ingenio Santa Lucía. En la cruz mayor se encendían velas y se honraba a los muertos del pueblo, ante la carencia de una necrópolis.

Transformación.- En el actual edificio comunal funcionaba el casino de la Compañía Azucarera Santa Lucía (CASL SA). La construcción alta, cuadrada y con techos en punta -bautizada por un vecino “El castillo de Luis XIII”- fue la residencia de los empleados jerárquicos solos o solteros. Las mujeres tenían vedado el acceso, pero según chismes, por las noches o en siestas desoladas algunas polleras infringían la regla e ingresaban furtivamente a los dormitorios.

Velorios extensos.- Durante la época en que funcionó el ingenio los velorios se desarrollaban durante un día entero, fuera en la sede del sindicato de obreros y trabajadores del ex Santa Lucía o en el domicilio del difunto. El cajón era de madera elaborado por la carpintería de la fábrica azucarera, al igual que los candelabros de pie, porta candelabros, porta cajón y todos los otros accesorios, como la cruz mortuoria, que se guardaban en la sede gremial.

Floreciente.- En 1907, la Compañía Azucarera Santa Lucía compró por remate el ingenio, que entonces adquirió gran notoriedad e importancia. Contaba con aserradero, fábrica de forrajes y de mosaicos, usina, destilería de alcohol y carpintería mecánica.

El sepelio.- El féretro se trasladaba a pulso ( a mano) hasta el portón de acceso a los escritorios del ingenio. Desde ese lugar salía la máquina a vapor o chorbita -el tren mortuorio-, que funcionaba a leña con tres o cuatro vagones. En el primero iban los deudos, otro para el cajón, las coronas y flores, otro para los acompañantes y el furgón de cola. (De “El Gallo Negro...”, de Lucía Mercado).

Colados.- Había muchos que se “colaban” en el sepelio, porque necesitaban ir hasta Acheral para viajar en coche motor, fuera hacia el sur (Concepción, Aguilares, Alberdi, La Cocha) o a la capital.