Desde hace tiempo, se afirma que las instituciones se encuentran en crisis y que por lo tanto, es necesario elevar su calidad. La sociedad ha profundizado su fractura, hecho que quedó demostrado en el histórico balotaje, donde el partido opositor ganó por un porcentaje mínimo. Desde el 22 de noviembre, se declamó que la transición debía ser tranquila, que no habría “palos en la rueda”, que debía prevalecer el diálogo durante los 18 días que separaban las elecciones del traspaso del mando presidencial. Pero como suele ocurrir a menudo en nuestro país, los hechos no reflejan las palabras, que se convierten en expresiones de deseo.
Desde hace más de dos semanas, los argentinos asistimos a una contienda respecto del lugar donde se haría el traspaso del poder y la entrega de los atributos presidenciales, que ha alcanzado ribetes tanto asombrosos como penosos, dignos de una telenovela escandalosa.
Las amenazas, los planteos judiciales, las declaraciones y acusaciones rimbombantes de uno y otro lado, así como la intransigencia, han puesto en vilo al país y una vez más nos muestra ante el mundo de la peor manera. Resulta increíble -y hasta absurdo- que no se haya llegado a un acuerdo entre el gobierno saliente y el entrante respecto de la formalidad en que debe desarrollarse una ceremonia trascendental para cualquier nación.
Estos hechos revelan una intolerancia y una intransigencia que ponen en duda nuestra calidad institucional. La asunción presidencial divide nuevamente al país, cuando debería ser todo lo contrario; deberíamos celebrar la continuidad de una democracia que tanta sangre, dolor y desdicha nos costó a los argentinos conseguir. En estos días, se ha hablado de la fe, de la esperanza, pero las actitudes contrarias y reproches mutuos han borrado estas palabras. No es alimentando el fanatismo que se puede favorecer el encuentro entre los argentinos, porque la Patria es una sola y se debe respetar la decisión del pueblo en las urnas, más allá de que haya o no ganado el candidato que cada ciudadano votó. Justamente, la democracia, el sistema de gobierno menos imperfecto que se conoce, nos permite cada cuatro años volver a elegir a quienes queremos que nos representen.
Respetar la voluntad popular no debe ser una declamación; debe reflejarse en las acciones. Creer que un sector -el propio- ama a la patria y el contrario, no, es pecar de arrogante, adjudicarse una propiedad en desmedro de los demás. No se trata de un campeonato para ver quién es más o menos argentino. Se ha dicho siempre que nuestro país ha sido un crisol de razas. Ello supone entonces que ha existido y sigue existiendo una pluralidad de opiniones y convicciones que deben respetarse y que forman parte de esa diversidad que debería enriquecernos como sociedad. Pero parece que poco hemos aprendido en casi 200 años de historia.
Parece inconcebible que aún no podamos dialogar con madurez -sin mediar descalificaciones-, acordar, pensar en todos los argentinos y no en los intereses partidarios o sectoriales. La República Argentina tendrá hoy un nuevo presidente. Sería vergonzoso que un acontecimiento tan trascendente de nuestra democracia se viera empañado por cualquier motivo. Sin duda, nuestro gran desafío futuro será madurar y comprender, de una vez por todas, que la Patria es de todos los argentinos.