Por Jorge Estrella - Para LA GACETA - Tucumán
Cuando Moisés iba de camino le
salió al encuentro Jehová,
y quiso matarlo.
(Exodo,4-24)
Los seres vivos contamos con sensores que registran estímulos diferentes del medio. A ellos suele seguirlos una reacción a veces inmediata, otras veces postergada. Ejemplos de lo primero: la vasoconstricción como respuesta del organismo al frío que percibe, o el miedo que acompaña a la estimulación visual de estar al borde de un precipicio y en condiciones inseguras para mantenerse de pie. Ejemplo de lo segundo: el placer que se inicia con una bella melodía suele no tener una respuesta plena sino hasta después de frecuentarla. Lo mismo que el registro de una historia, contada por escrito o en filmes, puede requerir una revisión para alcanzar su comprensión completa.
Hay sensores que llamaríamos interiores, esto es, no registran el estímulo a través de un órgano sensorial sino a través del significado del material que esos sensores orgánicos reciben. Ejemplo: la contradicción. Sostener, por ejemplo, que el universo ha sido hecho por un Dios todopoderoso e infinitamente bondadoso, entra en contradicción con la viva presencia del mal en ese universo. Pero las contradicciones suelen pasarse por alto. A la humanidad del siglo XX le costó muy poco defender las nociones de democracia y libertad pero apoyar simultáneamente al comunismo u otro totalitarismo como si éstos no fueran contradictorios con esas nociones.
Este sensor interior del que hablo (la contradicción) no depende sólo de la información recibida desde el medio por ojos y oídos, por ejemplo, sino, además, de un ejercicio intelectual interior. También son sensores interiores los que nos hacen percibir el bien, el mal, la belleza o la fealdad, valoraciones sin las cuales la vida sería imposible.
Hay, pues, al menos estos tres elementos en el proceso que me interesa analizar: estímulo exterior, sensor orgánico y respuesta (orgánica y/o interior).
Aunque la biología está ampliando nuestro conocimiento sobre los sensores con que cuentan nuestros organismos, no ya limitado a los cinco sentidos tradicionales, lo cierto es que aún ignoramos dónde están radicados, cuáles son y cómo funcionan muchos de ellos. Nuestro sistema inmunológico, por ejemplo, sale a la cacería de agentes externos que han ingresado en el organismo y cuando los “reconocen” como tales los fagocitan. Pero sabemos de enfermedades autoinmunes donde ese reconocimiento fracasa y el organismo es atacado por sus propios defensores (en estilo análogo al fracaso de la contradicción cuando no la advertimos y salimos en defensa de su falsedad como si fuese verdad). ¿Cuáles son las causas de ese comportamiento donde elementos pertenecientes al organismo son interpretados como enemigos? O, ¿por qué ese mismo sistema inmunológico traza alianzas mediante señales químicas con elementos ajenos al organismo –ciertas bacterias del tracto digestivo, por ej.- como si fuesen buenas colaboradoras de su función vigilante? Se trata de un campo abierto, como tantos otros frentes de la ciencia.
Por otro lado, la evolución de las especies y su adaptación por selección natural, ¿puede asimilarse a esta tarea cumplida en los individuos por los tres elementos señalados –estimulación exterior, sensores, respuesta orgánica? ¿Acaso los múltiples huesos de nuestro tobillo y su organización no han salido al encuentro de las exigencias exteriores de la marcha bípeda? Lo que señalaba como propio del individuo, ¿se cumple también en la especie? Este asunto nos conduce al centro de la discusión sobre el sentido de la evolución biológica: la capacidad creadora del ADN para producir herramientas tan juiciosamente adaptadas a las exigencias del medio sin haber recibido información de ese medio. Sabemos que hasta donde se conoce hoy, la respuesta a mi pregunta es negativa: el ADN sólo ensaya por azar sus construcciones nuevas y la suerte de ellas es decidida por el medio que las selecciona.
Entre tanto los individuos de cada especie cuentan, sí, con un mecanismo capaz de vincular esos tres elementos que señalo: estímulos, sensores y respuestas usualmente eficaces para la sobrevivencia. Los miembros de la especie humana no son excepción, aunque su frecuente insensibilidad para percibir contradicciones lo acerca a peligrosos abismos de autoaniquilación.
Pavor cósmico
Aceptando que el mecanismo de sensores orgánicos nos viene favoreciendo –como a todas las especies- con el premio de la sobrevivencia por adaptación, voy a proponer el siguiente argumento en favor de un sensor desconocido que nos trae noticias de algo también desconocido y cuyo valor adaptativo tampoco advertimos con claridad: Aceptaré como un dato inicial que los humanos (y con alta probabilidad también los mamíferos superiores) solemos sufrir lo que llamaré pavor cósmico, o más simplemente pánico (vocablo que proviene del dios griego Pan, divinidad para hombres de la intemperie como los pastores, a quienes el dios infundía ese terror pánico). Si esto es verdad, contamos con una evidencia solitaria de esta respuesta de nuestro organismo. Solitaria, porque no conocemos qué sensor la motiva, y tampoco a qué estímulo exterior alude.
Pero quienes hemos experimentado este pavor cósmico sabemos que su presencia nos señala algo exterior, desconocido pero sentido como una fuerza que nos expone en la indefensión.
Quienes lean estas líneas y no lo han experimentado, podrán decirme justamente eso: no sé de qué habla. Sin embargo, sugiero que se imaginen aislados en la cumbre de una alta montaña, cubiertos contra los riesgos de la inseguridad ante amenazas como hambre, frío o predadores. Puestos en esa situación tal vez me acepten que sentirán miedo.
Ahora les sugiero que diferencien entre el miedo estándar (ante un abismo, un predador o el frío extremo, por ejemplo) y la sensación enorme de estar indefensos ante esa fuerza desconocida pero riesgosa a que nos enfrenta el pánico. Si se acepta que un asunto es el miedo, previsible como respuesta a un peligro tangible, y otro asunto este pavor cósmico que nos aturde ante una presencia, ausente de contornos físicos, intangible, entonces se entenderá la conclusión de mi argumento: ¿acaso la eficiente secuencia estímulo externo-sensor-respuesta no puede defenderse aquí como completa aunque sólo seamos testigos del solo pavor como respuesta de nuestro organismo? Los dos componentes desconocidos (cuál es el sensor y qué es esa fuerza externa) ¿no pueden ser conjeturados como existentes dada la fuerte analogía con ese circuito biológico estímulo-sensor-respuesta? Ante el bien, el mal, lo bello y lo feo tenemos una situación semejante: nadie puede señalar la condición objetiva de ellos y tampoco el mecanismo sensor que permite identificarlos. Y sin embargo no dudamos de asumirlos como componentes objetivos de la realidad.
Si yo fuera teólogo estaría tentado de proponer mi argumento como una vía demostrativa –fundada en la biología- de la existencia de lo sagrado. Pero no soy teólogo. Creo que las teologías se han convertido en administradoras de este pavor cósmico y han fundado organizaciones distintas que prometen castigos y premios para culpas y méritos supuestamente definidos por esa fuerza desconocida.
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Jorge Estrella - Doctor en Filosofía, ex profesor de Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Chile.