No fue una misa “piquetera”. Lo que buscaba el sacerdote de Delfín Gallo era tocar el corazón de la gente de su pueblo, castigado por el avance de las drogas y una consecuente ola de robos que llegó hasta el templo. Fue una mezcla de dolor y tristeza la que impulsó al padre Juan Viroche a trasladar el altar a la vereda y oficiar una ceremonia religiosa para los fieles, que lo escuchaban desde el medio de la calle.

El oficio se desarrolló ayer, bajo el caluroso sol de la mañana y el acecho de las moscas. En diferentes momentos de la misa, el sacerdote hizo mención a la inseguridad y oró, sobre todo, por los jóvenes.

“Nos roban todo el tiempo, los chicos son presas de la droga y nadie nos apoya, el único que nos escucha es el padre”, agradeció Claudia Morán, una de las mujeres que asistió a la vereda de la capilla Nuestra Señora del Carmen.

La misa finalizó con “un aplauso como signo de que estamos presentes y queremos que las cosas cambien, por un Delfín Gallo sin drogas”, tal como alguien pidió por micrófono. Después, los vecinos levantaron las sillas plásticas y las guardaron en la capilla, las mujeres se acercaron a agradecerle al sacerdote por su apoyo y otras personas se quedaron en la vereda, intercambiando comentarios acerca de la situación actual. Se quejaban de que ya no se puede vivir con tranquilidad, de lo imposible de salir a la calle con un celular sin sufrir un arrebato y de lo lejana que quedó esa costumbre de dormir con las puertas abiertas.

Bombas

Esa ola delictiva -sostuvieron- no es ni más ni menos que la consecuencia de la adicción a las drogas que afecta a los jóvenes del pueblo. “El ‘paco’ ha destruido mi familia. Tengo un hijo de 16 años que es adicto y no se quiere internar. Ya anduve por todos lados: Tribunales, las Defensorías de Menores, y nadie me ayuda”, dijo María Graciela, desesperada. “Lo peor es que la gente que le vende la droga vive acá, frente a la iglesia. Y la Policía no puede hacer nada porque son dos en la comisaría”, agregó.

Una realidad similar vive Marcela, quien rompió en llanto al finalizar la misa. “Soy una madre sola y tengo dos hijos que están perdidos por la droga, uno de 16 y otro de 18. Ya me sacaron todo, no me dejaron nada en la casa”, lamentó. La mujer dijo que de su cocina desaparecieron todas las bombillas, porque las usan para fumar “paco” y que tampoco puede tener encendedores porque sus hijos aspiran el gas que llevan adentro.

El padre Viroche está al tanto de todo eso. “Lamentablemente el ansia de poder, de dominar las voluntades, ha crecido. Ya no se contentan con tener dinero sino con ejercer poder sobre una persona, que es terrible, y eso va creciendo en el pueblo”, advirtió el sacerdote.

“Se ve que hay grandes operativos (policiales) en la zona del Gran San Miguel de Tucumán, pero el interior comienza a liberarse y (los delincuentes) empiezan a venir hacia acá”, explicó.

El trabajo de los dealers no deja de sorprender a los vecinos. El mismo cura contó que utilizan bombas de estruendo para anunciar la llegada de drogas. “A determinada hora de la noche, los fines de semana, suena una bomba avisando que ‘ya vienen en camino’. Luego suenan dos bombas avisando que ‘ya están’ en los lugares que los chicos saben que se vende”, relató.

“No sé qué hay en el corazón de una persona que está envenenando al hijo de su amigo o de su vecino. Sabemos las consecuencias que esto trae y estamos hablando de chicos desde los 13 años. Es terrible dominar a una persona de ese modo y quitarle la libertad”, comentó el sacerdote, alarmado.

Según dijo el religioso, hubo reuniones con el delegado comunal y autoridades del Ministerio de Gobierno, Justicia y Seguridad para tratar esta problemática. “Es cuestión de aunarnos y darnos apoyo. Pero esto es un trabajo de hormiga, a veces no se ven los resultados. De todas maneras, nuestros hijos y nuestros nietos merecen algo mejor”, reflexionó.

Tres veces

La capilla Nuestra Señora del Carmen también fue blanco de la delincuencia. “Nos robaron tres veces, la última fue el viernes a la madrugada, cuando rompieron una ventana y entraron, levantaron la tranca de la puerta y por ahí sacaron 25 sillas y dos ventiladores”, contó el sacerdote. Pese a que la Policía consiguió recuperar todo, el cura se mostró molesto.

“Gente del mismo pueblo te roba y te vende, pero lo más triste es que se está comprando lo que se roba. Es una cuestión de tristeza y dolor porque no se cambia una realidad solamente desde la oración y desde la fe, sino que tiene que haber un trabajo integral. No sé en qué momento esas familias y esos jóvenes dejaron de creer en sus ideales y en sus sueños, que los cambiaron de esa manera”, lamentó Viroche.

Sobre el motivo de la misa de ayer, explicó: “intenté hacer ver que hay alguien que te ama, que te quiere, que Jesús cuenta con vos. Como iglesia y como comunidad, estamos al servicio de la justicia y de la verdad. La celebración de esta misa no fue como señal de protesta, sino por una necesidad de decir: llenemos el corazón del hombre y volvamos a descubrirnos como personas sagradas, veamos al otro como alguien sagrado. Esperemos que cambie algo”.

ANALISIS

Abandonados 

Silvia de las Cruces - LA GACETA

La sensación que transmitían esos hombres y mujeres que asistieron a la misa de ayer era de desahucio. Contaban sus historias con bronca y desesperación, pero con el tono de alguien que se cansó de esperar (respuestas, ayuda, compasión). El padre Viroche es, quizás, quien mejor conoce la realidad de los vecinos de Delfín Gallo: las madres lloran delante suyo cada vez que ven a sus hijos transformados por el “paco”; por las noches escucha las bombas que anuncian la llegada de drogas y hasta recibió en su propia capilla varias visitas de ladrones. A una cuadra de allí, los policías también saben lo que pasa, pero no pueden hacer mucho. Los ojos del comisario Juárez se entristecieron cuando no le quedó otra que admitir la falta de recursos, tal vez exponiéndose a recibir alguna sanción. Parece que, en Delfín Gallo, la paz y la tranquilidad los abandonaron a todos.