Para LA GACETA - El Triunfo (Colombia)

Su hija, Manuela, tenía cinco años y era fanática de los dinosaurios. Su padre le regalaba los muñecos de goma y de tela para que la niña jugara a su antojo. Pero, un día, ella tuvo un capricho: quería dinosaurios reales. Para no desilusionar a su hija con la respuesta de que los dinosaurios no existían, Pablo Emilio Escobar Gaviria mandó a construir las réplicas de los animales gigantes en tamaño natural y pidió que los instalaran dentro de la Hacienda Nápoles.

El capo narco actuaba como un dios que todo podía resolver con dinero. Tenía el poder para ordenar cualquier cosa, y que se hiciera, tan simple como si fuese un chasquido con los dedos. En aquel tiempo sentía que no había nada que pudiera impedirlo. Eran enormes esculturas, de unos 15 metros de alto, fabricadas con hierro y hormigón y pintadas con colores estridentes. Para darle más realismo a las moles de cemento ordenó que conectaran un sistema de audio, de manera que, cada vez que su hija se acercara pudiera oír el rugido de los animales prehistóricos.

En la hacienda Nápoles, el capo edificó su imperio narco. Era un campo de más de 3.500 hectáreas. Entre las lomadas verdes y las extensas plantaciones poseía una casa para la familia; otra para las visitas, hoteles de lujo con decenas de habitaciones para invitados especiales, calles internas, seis piscinas, más de 20 lagos artificiales, una pista aérea, helipuertos, y hangares. Había un parque de palmeras gigantes, establos con caballos, una plaza de toros, y lo que llegó a ser el mayor zoológico de Latinoamérica con más de 1.500 especies de animales.

Esos dinosaurios de hormigón, la emblemática pista aérea y la plaza de toros son las pocas cosas originales que todavía siguen en pie dentro de la hacienda. Pude comprobarlo en un mediodía caluroso del primer sábado de octubre, cuando llegué a lo que supo ser el territorio del narco más temido de Colombia. Es difícil llegar para quienes no tienen un vehículo propio. El viaje en taxi es costoso y puede demorar más de cuatro horas desde el centro urbano de Medellín, a 170 kilómetros de distancia. Viajar en un bus del transporte público es más barato, pero implica mayor tiempo, lo que impide ir y volver en el día. Algunos taxistas no quieren hacer el recorrido, ni siquiera se animan a nombrar a Pablo Escobar. Bajan la voz y se refieren a él como “el hombre”, “el anterior propietario”.

Para negociar con un taxista en Medellín es fundamental mostrar destreza en el arte del regateo. En esas tratativas andaba, cuando un chofer de taxi me dijo que él me llevaría encantado, pero que no tenía la planilla, un permiso oficial que le permite salir de Medellín y llegar a El Triunfo, donde está la hacienda Nápoles. Entusiasmado por el tema, ese mismo chofer se acercó para alabar al capo narco.

- Oiga mijo… aquí lo que tienen que hacer es poner la cara de Pablo Escobar en los billetes de 10.000. Ese hombre ayudó a los pobres…

Después de la caída

Cuando el Ejército colombiano mató a Escobar Gaviria el 2 de diciembre de 1993, la esposa María Victoria Henao huyó del país con sus dos hijos en brazos (Juan Pablo y Manuela). Primero los devolvieron desde Estados Unidos y después desde Alemania. Al final, ella y los chicos lograron instalarse en Buenos Aires con nuevas identidades para alejar el estigma del apellido. La esposa pasó a ser María Isabel Santos Caballero; Juan Pablo es ahora Juan Sebastián Marroquín Santos y Manuela se llama Juana Marroquín Santos.

La hacienda quedó a la deriva y los animales abandonados a su suerte. Llegaron los saqueadores y cavaron pozos con la ilusión de encontrar billetes de dólares ocultos en bolsas de plástico, dentro de tachos de metal, bajo la tierra. En la desesperación por hallar algún tesoro levantaron baldosas, abrieron grietas en las piscinas, reventaron las paredes a mazazos, removieron las plantas, las flores y la tierra de los jardines. Durante meses se llevaron puertas, ventanas y otros enseres de las propiedades. Algunos ingresaron con máquinas retroexcavadoras y dejaron los huecos en distintos puntos del terreno como si los dinosaurios de la niña Manuela hubiesen marcado las huellas con sus pisadas.

La mayoría de los animales comenzaron a morirse de hambre. El Estado colombiano se hizo cargo, pero alimentarlos tenía un costo de 2.000 dólares diarios. Entonces resolvieron repartirlos en otros zoológicos. Fueron llevados a Cali, a Pereyra, y a Barranquilla. El traslado no fue fácil y desaparecieron gran parte de las especies.

Sin más vueltas, el gobierno privatizó la hacienda Nápoles. Convertida ahora en un parque temático y turístico, administrado por empresarios paisas (oriundos de Medellín), se mantienen los lagos, las iguanas, los chigüiros (el tercer roedor más grande del mundo con un peso de siete kilogramos) y, por supuesto, las réplicas de los dinosaurios. Las cabañas, que alguna vez pertenecieron a Gustavo Gaviria, primo de Pablo Escobar, se transformaron en hoteles de lujo para visitantes con alto poder adquisitivo.

Juan Carlos, el taxista que accedió a conducir por la autopista cumplió el trayecto en tres horas y media. En el camino le comenté lo que había dicho su colega sobre el rostro de Escobar en los billetes. Renegó de inmediato con insultos.

- ¡No Joda, hombre!… Ese man lo único que hizo fue hundir al país –dijo moviendo la cabeza hacia los costados-. Qué billete ni qué billete –insistió-.

El taxista esperó en el acceso. Una vez adentro del parque, Darío fue mi chofer y guía en motocarro. En los senderos internos, los turistas se desplazaban en autos y camionetas por la intimidad del territorio. Ahí estaban los hipopótamos dentro del agua, mostrando apenas los ojos y el casco de sus cabezas, reposando al sol como quien no le debe nada a nadie. Escobar había empezado con tres hembras y un macho que mandó traer desde el zoológico de San Diego, en California. Con sobornos logró que entraran a Colombia. Fueron reproduciéndose hasta que, hoy en día, hay más de 40 ejemplares dentro del lago. Se los puede ver a una distancia de 30 metros desde el borde del agua.

Aquel sábado en la hacienda Nápoles, varias decenas de familias aplacaban los 32 grados de calor disfrutando del Acuasaurus, una estructura gigante en forma de pulpo con toboganes, caídas de agua, charcos, cascadas, senderos, y cataratas artificiales. Otros visitantes recorrían los caminos en sus propios vehículos para ganar tiempo y avistar a los elefantes, los monos, las iguanas de más de un metro de largo, y los tigres, entre otras especies.

Había tanto para ver que un día no era suficiente. En el acceso, sobre una planicie verde como un campo de fútbol, estaban estacionados los motocarros de tres ruedas. Era una opción económica y rápida para un recorrido de tres horas por la hacienda. A la sombra de la palma de cera del Quindío, un grupo de choferes esperaban, sin ningún apuro, por nuevos clientes. Quienes podían pagar mayores costos preferían hacer noche en alguno de los hoteles, dentro de la hacienda.

La plaza de toros se mantiene en pie con sus gradas circulares con capacidad para 1.500 espectadores sentados. Ahí se solían hacer las fiestas fastuosas del cártel de Medellín con artistas famosos contratados por el propio Escobar. Se dice que en ese escenario cantó el mexicano Vicente Fernández, entre otros artistas de renombre en Latinoamérica.

Al llegar a la mitad del trayecto estaba parado sobre el asfalto de la pista aérea de Pablo Escobar Gaviria. Parecía un anfibio inmovilizado. Era la misma pista de la que salían los aviones cargados con droga y regresaban repletos de billetes. Escobar generaba tanto dinero caliente que no hallaba lugar dónde guardarlo. ¿Encontraron fajos de billetes o joyas ocultas?, le pregunto al chofer, mientras acelera el motocarro.

- Mire… se sabe que estuvieron buscando y saqueando, pero si alguien encontró algo de valor, por su misma seguridad, pues ni va a decir lo encontré.

El desuso y el paso del tiempo le abrieron grietas al asfalto de la pista aérea. Lucía desgastado, aunque todavía podían verse algunas líneas de señalización blanca pintadas sobre la superficie. El silencio envolvía el lugar rodeado por árboles y matorrales. En un extremo de la pista, hacia un costado había una construcción añeja que parece haber servido de vestuarios y otro recinto como salón de reuniones. Sólo quedaron las paredes y los techos, pero todo terminó dañado.

Hacia el final de la finca había un círculo de cemento tan perfecto como una moneda gigante. Era el helipuerto. A una distancia de 100 metros podían verse una docena de autos clásicos oxidados, chasis de autos de carrera, y esqueletos de motos náuticas abandonados a la intemperie durante años. La firma comercial que administra la hacienda edificó un rectángulo con techo del tamaño de una cancha de básquet para protegerlos. En la primera fila podía verse un Renault 4L. Se dice que fue el primer auto de Escobar Gaviria. Un sistema de audio repite a los turistas que esos vehículos terminaron quemados por una bomba en el edificio Mónaco, una de las tantas residencias de la familia.

- La lujosa colección de autos antiguos de Pablo Escobar –se oye decir a la voz de un locutor- fue símbolo de su ostentación y liderazgo en el mundo del hampa y la primera que sufrió las consecuencias de sus múltiples guerras. Sólo queda la chatarra y la historia que cuenta.

La emblemática avioneta del capo narco ha sido remodelada. Le pintaron líneas negras y blancas, como si fuese una cebra. Sigue atornillada en lo alto del portal de acceso para que los flashes registren el recuerdo de haber estado en lo que supo ser el corazón del centro de operaciones del narco Pablo Escobar Gaviria. Convertida ahora en un punto turístico de Medellín, la hacienda Nápoles dejó atrás su pasado. Hoy en día, abierta al turismo, administrada por empresarios locales, bien podría ser uno de los símbolos de la nueva Colombia, que busca la paz, después de décadas de sangre y muerte.

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Miguel Velárdez - Periodista de LA GACETA.