Por Carmen Perilli - Para LA GACETA - Tucumán
Un bello poema de Robert Frost canta: “Algo hay que no es amigo de los muros / que hincha la tierra helada y los socava / que arroja al sol las piedras desde el borde / y abre brechas por donde caben dos... Antes de levantarlo, yo quisiera / saber a quién incluyó, a quién excluyó, / a quién , quizá, ofendo con el muro”.
Las distancias entre países, regiones y ciudades no se miden sólo en kilómetros, sino que dependen de los sujetos que las recorran. Graciela Speranza se refiere a la instalación The Loop del belga mexicano Alÿs quien dramatizó a través de un viaje alrededor del globo el camino que separa a los mojados mexicanos de Estados Unidos.
Después de la caída del muro de Berlín, arquetípica construcción del siglo XX, han surgido por lo menos cinco muros más: Israel/Cisjordania; España/ Marruecos, las dos Coreas, Grecia/Turquía. Más la enorme muralla que divide Estados Unidos no sólo de México sino de América Latina, prolongada en el desierto.
Un mundo bunkerizado pretende defenderse de la inseguridad erigiendo inútiles separaciones, en especial entre ricos y pobres. En estos días hemos observado con horror los muros que se levantan ante los refugiados sirios y africanos en Europa, pero hace tiempo que los seres humanos vienen luchando contra muros materiales y culturales en estas latitudes: refugiados nicaragüenses, costarricenses, salvadoreños, guatemaltecos, hondureños, centroamericanos, latinoamericanos, de todo el planeta.
En este mundo globalizado donde el turismo es una actividad en aumento que mueve grandes capitales. Los seres humanos pueden ser clasificados como locales o globales, como señala Zygmunt Bauman. Mientras algunos se mueven con libertad, otros lo hacen, de modo “ilegal” impulsados por el hambre y la violencia. Estos sujetos migrantes deben soportar la desterritorialización de cuerpos y lenguas, privados de ciudadanías. En Señales que precederán al fin del mundo, de Yuri Herrera, la protagonista -una joven mexicana llamada Makina- obligada a cruzar en la búsqueda de un hermano en el Norte, observa con extrañeza a sus compañeros de infortunio: “Tienen gestos y gustos que revelan una memoria antiquísima y asombros de gente nueva... Más que un punto medio entre lo paisano y lo gabacho, su lengua es una franja difusa entre lo que desaparece y lo que no ha nacido... No es que sea otra manera de hablar: son cosas nuevas. Es el mundo sucediendo nuevamente, advierte Makina: el mundo prometiendo otras cosas, significando otras cosas, produciendo objetos distintos”.
Tierra que camina
En estos tiempos ha surgido una verdadera teoría de la frontera, no sólo como lugar, sino como “una membrana por la cual se filtra influencias tanto de la cultura dominante como de la subordinada, una superficie de protección, recepción y proyección”, como señala el teórico Homi Bhabha. En Borderlands, la chicana Gloria Anzaldúa reivindica la tradición mestiza de los migrantes. “Sí, se me hace que en unos cuantos años o siglos / la Raza se levantará, lengua intacta / cargando lo mejor de todas las culturas”.
El hombre es tierra que camina, decía Atahualpa; los migrantes también lo son. Llevan consigo su territorio cifrado en memorias y culturas para sobrevivir en espacios hostiles. Un yaraví peruano lo expresa bellamente: “Ya me voy a una tierra lejana / A un lugar donde nadie me espera / Donde nadie sepa que yo. Muera, / Donde nadie por mí llorara”. En un documental mexicano, David Pablos Sánchez muestra cómo una frontera es todas las fronteras: los cuerpos intentan escapar a los controles aún a costa de la muerte. También de quedar atrapados como los niños de la película La jaula de oro.
El puertorriqueño Eduardo Lalo cifra la nostalgia del lugar propio en un hombre viejo que una vez a la semana se queda a vivir en el aeropuerto de Nueva York, soñando con la vuelta a casa: “Me ha parecido formidable la aventura de este hombre que habita indefinidamente la frontera del viaje, como sí ésta agotara el deseo de partir. Pocos viajan tan lento, tan cerca”.
Una amiga exiliada que trabajaba con refugiados en Canadá me contó que un anciano salvadoreño, al terminar la terapia, le preguntó si podía seguir yendo. Al preguntarle por qué, le dijo “porque aquí no tengo a quién saludar”.
Muros atravesados por cuerpos, cuerpos atravesados por muros.
El problema no es cómo pensar o narrar los muros sino cómo vencerlos, cómo vivir juntos.
El guatemalteco Eduardo Halfoun se pregunta si “no será que la literatura es un tipo de martillo que permita derribar, al menos en parte, esos muros”.
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Carmen Perilli - Profesora de Literatura Hispanoamericana, investigadora del Conicet.