La política se enredó en su propia madeja. Los tejes y manejes históricos han llegado al límite del hartazgo entre los tucumanos. Votar fue un caos para el ciudadano; el domingo, se encontró con un festival de oportunidades y de ofertas electorales en el cuarto oscuro. Y eso fue el producto que exhibió la política: el desacople de los acoples. Para el colmo, todos grises.

No hubo filtros o directamente los políticos no se animaron a ponerlos. En el arte del caos, la dirigencia se mueve como pez en el agua. Todos para uno y uno tal vez cobije a los otros. Pero no hay para todos. Y fueron por todo y por todos. La noche dominguera fue un preludio de una semana complicada. Al oficialismo le costó celebrar; lo hizo entre gallos y medianoche. A la oposición le cuesta aceptar que, frente a tantos incidentes durante y después de los comicios, los resultados sean los que se han difundido de forma provisoria. Nadie ganó; todos perdieron.

Perdieron porque se subieron a una nave a la que luego no pudieron controlar. Los acoples cobijaron a unos 25.000 tucumanos que quisieron luchar por 350 cargos a través de 500 partidos que, tras los comicios, suelen desaparecer del mapa. Muchos de ellos encuentran en la política el atajo más directo que puede conducirlos hacia el bienestar personal. Actividad de los que gobiernan o aspiran a gobernar los asuntos que afectan a la sociedad o a un país, dice una de las definiciones de política. Tal vez puede resultar legítima la aspiración de ascender socialmente a través de una actividad; pero, ¿no sería mejor que cobren más fuerza los partidos políticos, formando líderes o designando a aquellos que pueden llegar a tener una preparación para atender las demandas de los ciudadanos? Si esto fuera posible, el cuarto oscuro no tendría tantas boletas. Claro, también se puede caer en el argumento (y es real) de que las cúpulas partidarias terminan señalando con el dedo quién o quiénes están “preparados” para tal o cual cargo. Ejemplos sobran.

Tucumán ha mostrado en estos días al mundo sus cartas de presentaciones más tristes. El lunes negro, de marcha y de represión, quedará guardada en la retina de todos los tucumanos; de aquellos que estuvieron en la plaza Independencia y de los que los vieron por TV. La acción policial fue desmedida, más allá de las provocaciones naturales de toda protesta masiva. La gran mayoría de asistentes fueron ciudadanos que no responden directamente a ideologías políticas. Simplemente le quisieron decir basta a una forma de hacer política. Pero ésta no tomó nota de lo sucedido. Se desentendió. Así no se construyen caminos hacia el cambio, mucho menos hacia la pacificación. En nuestra provincia, una de las más chicas de la Argentina, el infierno fue grande durante la noche del lunes negro. Fue otro #Tucumanazo, tal como se lo denominó en las redes sociales y que fue tendencia global.

Hoy todo es hipotético, aunque ya hay algún atisbo acerca de que no se modificará el cuadro de situación ni se convocará nuevamente a elecciones. Eso salta a la luz a raíz de las declaraciones del presidente de la Junta Electoral Provincial, Antonio Gandur. “Es imposible anular el proceso electoral del domingo”, declaró el también titular de la Corte Suprema de Justicia de Tucumán. De todas maneras, ya nada será igual.

José Alperovich transita por sus últimos días de gestión (dos meses tras casi 12 años en el poder). Él sostiene que ningún mandatario que no haya tenido el apoyo popular puede dejar la investidura con más del 50% de imagen positiva. Está convencido de ello porque es el capital que le queda para seguir montado en la marquesina política local. No le queda otra que seguir hasta el final, apagar la luz de su despacho e instalarse por un tiempo en Buenos Aires, con la banca de senador nacional. No puede salir al balcón de la Casa de Gobierno porque la realidad le devuelve la imagen que tal vez nunca se imaginó: la de una plaza Independencia en contra. Organizar una contramarcha para el oficialismo suena a despropósito si la intención es calmar las aguas. No se trata de una lucha de fuerzas, ni de fortalecer el antagonismo. Se trata de volver a la normalidad por los carriles institucionales debidos. Eso es lo que quiere Tucumán. Ni más; ni menos.

La marcha de la noche del lunes ya marcó un punto de inflexión. De ser proclamado Juan Manzur como gobernador a partir del 29 de octubre, “tendrá cero margen de error en Tucumán”, como dijo el colega Juan Pablo Álvarez en su cuenta en Twitter. Alperovich ya perdió todo el crédito. Sólo le queda garantizar que la transición hacia la entrega de mandato sea lo más ordenada posible. Y tendrá que haber un replanteo también con el resto de los funcionarios electos. Los resultados han mostrado que cuatro municipios no tendrán el mismo color que la Casa de Gobierno. Y no son cualquiera: San Miguel de Tucumán, Yerba Buena, Concepción y Bella Vista son hasta ahora territorios del Acuerdo para el Bicentenario. Puede que en política rija el “vale todo”; pero eso juego no debe trasladarse hacia la sociedad. Los tucumanos no quieren intestinas peleas entre dirigentes que toman a los cargos como un botín de guerra. Los ciudadanos siguen reclamando por mejores servicios, por menos presión tributaria y por garantías para poder circular sin riesgos de ser asaltados en la calle. No es mucho pedir; es tan sólo que los dirigentes que llegue a convertirse en funcionarios, funcionen; que den las respuestas a las demandas sociales sin pedir nada excepcional a cambio. El cambio de conductas debe arrancar por la clase dirigente, esa que debe dar el ejemplo todos los días acerca de cómo comportarse no sólo en la función pública, sino también en la vida. No es verdad que cada sociedad tiene el gobierno que se merece. Se puede construir aún con el disenso.

Duele Tucumán. Ya es hora de madurar; de cambiar lo que haya que cambiar. De sentarse todos los que tienen capacidad de conducir partidos y definir cómo sigue la historia. Ese día, comenzará a recomponerse la imagen de la provincia.