Por Alejandro Duchini | Para LA GACETA - Buenos Aires

En una entrevista que le hicieron a principio de los 80, Borges dijo que “la amistad no necesita frecuencia. (...) Yo tengo amigos íntimos a los que veo tres o cuatro veces al año, y a otros ya nos los veo porque se han muerto”. Y agrega que “la amistad puede prescindir de la confidencia”. Ante el recuerdo de un amigo que lo traicionó, el filósofo Tomás Abraham escribió en su última novela, La dificultad (Sudamericana): “Hasta que se guardó el vuelto de una cobranza y tuve que despedirlo. Era lo menos que podía hacer por mi amigo del alma al que le preguntaba llorando por qué me había traicionado”. Consultado por ese episodio, en un reportaje que le hizo LA GACETA Literaria explicó: “Hay una traición a la amistad. Hay cosas que no se hacen. Estar con un amigo es estar con alguien con el que nos hacen sonreír las mismas cosas. Además, no hace falta hacer ni decir nada ni verse mucho”. Y agregó: “Hay como una distancia. Uno respeta el silencio de otro. No se dice todo. No es necesariamente confesional, la amistad. Pero hay una lealtad. Cuando se dice, se dice la verdad. Y cuando eso falla, no es lo mismo”.

Silencios

Hay textos a los que suelo regresar. Uno es Dos amigos, de Guy de Maupassant, que tiene una tristeza demoledora. Transcurre “en un París bloqueado, hambriento, agonizante” y trata de dos amigos, Sauvage y Morissot, que se conocen de ir a pescar en medio de la guerra. Construyen su amistad casi sin hablarse. Maupassant describe la época en una Francia con casas demolidas por la violencia. Sobre el final, a segundos de ser fusilados y con lágrimas en los ojos, se despiden: “Adiós, señor Sauvage”. “Adiós, señor Morissot”.

En Nocturno hindú (Anagrama), de Antonio Tabucchi, el protagonista busca a un amigo al que hace tiempo no ve. Hasta que lo encuentra en el restaurante de un hotel. Los dos están en compañía femenina. Cuando se dan cuenta de que se encontraron, uno de ellos entiende que el otro no quiere ir más allá. La amistad ha terminado. No hay nada que decirse. El primero se levanta con su compañera y se va. “Me ha buscado tanto, que ahora que me ha encontrado ya no tiene ganas de encontrarme (...). Y tampoco yo tengo ganas de ser encontrado. Ambos pensamos exactamente lo mismo, nos limitamos a mirarnos”, reflexiona uno de los personajes.

Cuatro amigos (Anagrama) es la novela de David Trueba en la que un grupo de muchachos, ya grandes, alguno incluso padre, encaran un viaje rutero. Saben que al regresar no serán los mismos. Que una etapa de sus vidas ha terminado.

Perro en consorcio se titula el cuento de Roberto Fontanarrosa publicado en su póstumo Negar todo (Ediciones De la flor). El rosarino apela al humor:

- El humo, Miguel -siguió enumerando Ricardo-: el humo. El olor a faso, el tufo que hay acá cuando uno abre la puerta…

- El humo, precisamente, es para que no vean el quilombo de la casa, es una cortina de humo. Y además, no me digas que ahora te jode el humo.

- No, boludo, si yo también fumo.

Eduardo Sacheri cuenta la amistad en Papeles en el viento (Alfaguara). Arranca con una dedicatoria: “A todos mis amigos: ustedes, que mantienen siempre la vida en movimiento”. La historia comienza con la muerte de uno de ellos y el esfuerzo del resto por asegurarle un futuro a su hija, una pequeña a la que su madre, una vez divorciada, pretendía separar de su padre. Invierten en el pase de un jugador de fútbol que resulta un patadura que pone en peligro los planes.

Para Fabián Casas “la amistad no es algo horizontal, es algo vertical. Un amigo es alguien que nos abre, con sus virtudes y defectos, las ventanas de nuestra pequeña mónada”. Lo escribe en su texto Este es mi amigo Strozza, en Ensayos bonsai (Emecé). Ahí también dice: “a mí me seducen hasta las cosas que -a veces- me molestan de los amigos”. Y en El bosque pulenta, en Los Lemmings y otros (Santiago Arcos editor): “Se trata de dos chicos que salen a la vez por las puertas traseras del mismo taxi y que, por miles de motivos, no se vuelven a ver más. Uno de ellos soy yo, el que cuenta la historia. El otro es Máximo Disfrute, mi primer amigo, maestro, instructor, como se le quiera llamar”.

Hay un texto muy particular y hermoso de Alejandro Dolina. Escribe en El libro del fantasma (Colihue): “Suelo elegir a mis amigos entre la gente triste. Y no vaya a creer el ama de casa Sunlight que nuestras reuniones consisten en charlas lacrimógenas. Nada de eso: concurrimos a bailongos atorrantes, amanecemos en lugares desconocidos, cantamos canciones puercas, nos enamoramos de mujeres desvergonzadas que revolean el escote y hacemos sonar los timbres de las casas para darnos a la fuga. Los muchachos tristes nos reímos mucho, le aseguro. Pero eso sí: a veces, mientras corremos entre carcajadas, perseguidos por las víctimas de nuestras ingeniosas bromas, necesitamos ver un gesto sombrío y fraternal en el amigo que marcha a nuestro lado. Es el gesto noble que lo salva a uno para siempre. Es el gesto que significa ‘atención, muchachos, que no me he olvidado de nada’”.

En Tan buenos chicos (Anagrama), del Nobel Patrick Modiano, el protagonista recuerda a viejos amigos de un internado. Dice de uno en particular: “Se echó a reír, pero había algo turbio en esa risa. Anne-Marie me lanzó una mirada de desesperación. No, no estaba borracho, como creía ella. No necesitaba beber para ponerse en un estado así. Intuí que, con todo su cariño por Mc Fowles y toda su afabilidad, buscaba una explicación. ¿Qué decirle? Que Bob no era un mal hombre -ni mucho menos-, sino un chico sensible y cándido también él y que aspiraba a conseguir un equilibrio, en caso contrario no habría elegido una chica como ella. Por desgracia, a nosotros, a los antiguos alumnos de Valvert, nos entraban bajones inexplicables contra los que cada cual intentaba luchar a su manera. Todos teníamos, según la expresión de nuestro profesor de química, el señor Lafaure, ‘alguna chifladura’”.

Lealtad y misterio

Agrego a este listado El increíble Springer (Entropía), de Damián González Bertolino, una historia sensacional sobre la amistad entre dos chicos. En pocas páginas, abundan la lealtad y el misterio y se garantiza un momento de muy buena lectura. Me quedo con la escena en la que uno de ellos desafía a pelear al matón del grado para defender a su amigo. Destaco también la gran novela sobre el misterio de un padre y la necesaria compañía de los amigos que escribió Luis Mey en El pasado del cielo (Planeta). De entrada golpea con un “a veces los amigos son familia, y a veces las familias son apenas”. Con recuerdos arma un rompecabezas: los primeros amores, el fútbol, el colegio y el robo de las llaves del Chevy de papá. También los sueños, los desengaños, la vereda, el barrio, los vecinos, la familia. En las últimas líneas, en un derroche de melancolía, la mamá le dice al protagonista “si podés, avisale a algún amigo para que te acompañe”. Y él, que refirió a la amistad en gran parte del libro, suelta, ya adulto, un “ma, no tengo amigos”.

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Alejandro Duchini - Periodista de las revistas Nueva y El Gráfico; editor de Libros y pelotas.