Si no ocurre nada extraordinario -y en este país los límites entre lo extraordinario y lo corriente suelen ser difusos- le tocará a Daniel Scioli o a Mauricio Macri liderar el festejo del Bicentenario. La última cuenta regresiva echa a correr hoy porque estamos a un año exacto del 9 de julio de 2016. Sobre el hipotético palco hay cuatro duplas potenciales: Scioli-Manzur (apoteosis alperovichista), Scioli-Cano (con Amaya revoloteando cerca), Macri-Manzur (opuestos que se atraen, ¿o no estamos en Argentina?) y Macri-Cano (el paraíso opositor). Son especulaciones propias de las mesas de arena, que divierten un poco y asustan otro tanto, por más curado de espanto que se sienta el ciudadano de a pie. A fin de cuentas, el valor del Bicentenario radicará en la fortaleza de la construcción social que lo sostenga. Lo hará el pueblo o se resumirá a una serie de actos formales y olvidables.
Hay mucho de sobreactuación en la defensa del 9 de julio. Nadie le arrebatará a Tucumán la condición de Cuna de la Independencia, una verdad histórica incontrastable. Los llamados a atrincherarse en Congreso al 100 ante el avance de las hordas comandadas por Pacho O’Donnell terminan siendo pour la galerie. La autoestima provincial puede sentirse vapuleada por muchos otros motivos, no por un debate revisionista que, a la larga, no moverá el amperímetro. Mejor aprender un poco más sobre ese personaje fascinante que fue José Gervasio Artigas, muerto en el exilio paraguayo con el convencimiento de que era tan argentino como porteños, cordobeses y tucumanos.
El Bicentenario no es un juguete, pero puede ser tratado como tal en la medida en que no se lo piense. Muy poco (mejor dicho, nada) trasciende sobre los think tanks que motorizan las visiones de Manzur y de Cano. Si es que tienen una visión, por supuesto. Alperovich nunca la tuvo y de todos modos gobernó durante 12 años. El Bicentenario sin una visión del Tucumán presente y futuro es pura mazamorra sin maíz. Bueno sería que quienes aspiran a acovacharse en el sillón de Lucas Córdoba expliquen adónde pretenden conducirnos. Cano promete la creación de miles de puestos de trabajo con la misma liviandad con la que podría prometer la creación de una NASA provincial. ¿Será que ya tiene comprometida la radicación de un centenar de fábricas y guarda el secreto? Manzur, afortunadamente, no promete nada. Mejor así.
El año del Sesquicentenario (1966) fue espantoso para Tucumán, al punto de que todavía no podemos recuperarnos del colapso socioeconómico representado por la clausura de los ingenios. Regados por el país -especialmente en el conurbano bonaerense- viven hijos y nietos de los miles de tucumanos obligados a marchar al exilio. Muchos de ellos no conocen la provincia. ¿Cómo vivirán el Bicentenario esos hermanos separados antes de nacer? ¿Qué clase de memoria histórica puede generarles la fecha?
Los actores sociales aguardan, fronteras adentro y afuera, un llamado a involucrarse y a sentirse parte del Bicentenario. Un concepto aglutinador, siempre, es el de refundación. Refundación de las instituciones, por ejemplo, tan golpeadas y golpeables. Refundación del sistema educativo, de nuestra desprestigiada UNT. Refundación de colegios profesionales y de sindicatos. Refundación del deporte. Que cada uno haga los deberes y llene su casillero. El pluralismo y la transparencia se ejercen en casa antes de reclamarlas a los demás.
Si la cultura es el más formidable de los vehículos de inclusión social y construcción de ciudadanía, Tucumán está obligada a leer el Bicentenario como su mayor desafío cultural de los tiempos modernos. Antes podía ser más sencillo; estaba más o menos claro cuál era el centro y cuáles los márgenes. Desde que el acceso a la información, la producción de pensamiento y las matrices culturales se horizontalizaron (qué bueno sería afirmar que se democratizaron) la sociedad se mueve con sus propios ritmos y humores. Es un fenómeno deslumbrante, del que nos toca ser parte, y no suele apreciarse en su justa dimensión. A esa masa heterogénea, bien diversa, debe interperlar el Bicentenario. Todavía no lo hizo y no es mucho el tiempo que queda. Exactamente un año.
Estadísticamente, la posibilidad de una vida -de cualquier vida- es ínfima. Los religiosos pueden considerarlo un milagro. Bien, tenemos una vida, que es brevísima y frágil, ¿qué vamos a hacer con ella? La fórmula existencial cabe para la ocasión. Bien, tenemos un Bicentenario, ¿qué hará cada uno de los tucumanos con él?