Por Ricardo Grau - Para LA GACETA - Tucumán

Reducir y eficientizar el consumo es imperioso. El documento papal destaca, con tino, que consumo no es sinónimo de felicidad o vida plena. Lo hace desde una visión franciscana del hombre como parte de la naturaleza, alejada del “antropocentrismo despótico” de otras interpretaciones bíblicas. Si este documento sirve para que usemos más transporte público, menos plástico y calefacción, y comamos menos carne, habrá hecho un aporte valioso. Piense cuánto ahorraría en juguetes inútiles, baterías, sobrepeso, malestar estomacal, estrés y basura si la cristiana navidad fuera un evento austero.

El diagnóstico se concentra en elementos del capitalismo que son claramente negativos: el consumismo conspicuo y compulsivo, la estética de la ostentación, la “creación” de necesidades insatisfechas e insustanciales. Es comparativamente indulgente con modelos no capitalistas que pueden no ser mejores. Olvida que las mayores catástrofes ecológicas incluyen las desatadas por el colectivismo soviético: la hambruna de Ucrania, la destrucción del mar de Aral, la explosión de Chernobyl. La ineficiencia estatista frecuentemente se traduce en alta contaminación. Desde el discurso anticapitalista se puede, por ejemplo, subsidiar el consumo de combustibles fósiles (principal causa del calentamiento climático) alivianando demagógicamente las boletas del gas o electricidad.

El factor poblacional

Si usted consume moderadamente y tiene cinco hijos moderados, en el mediano plazo, tendrá un impacto ambiental alto. Altísimo, si sus hijos perpetúan esa tasa de fertilidad y sus 25 nietos ambicionan manejar un auto, vivir hasta los 80, comer cuatro veces al día, usar aire acondicionado, volar a vacaciones playeras, engendrar 125 bisnietos. Si, por el contrario, usted es un consumidor desaforado sin descendencia, su huella ecológica será efímera. La encíclica desestima el problema poblacional, quizás, por ser algo menos alarmante que unas décadas atrás. La población global podría estabilizarse hacia finales del siglo en 8.000 millones o en 12.000 millones de habitantes. La diferencia entre estos dos escenarios posibles es equivalente a seis veces la población actual de América Latina. Qué trayectoria demográfica sigamos, y su consecuente impacto ambiental, depende fundamentalmente del comportamiento reproductivo de los sectores más pobres del planeta. Una visión retrospectiva y autocrítica del problema demográfico hubiera sido muy enriquecedora para abordar el problema del consumo. A pesar del cristianismo, el crecimiento poblacional se desacelera, en parte, porque el comunismo chino impuso políticas coercitivas de planificación familiar; pero principalmente porque el capitalismo occidental promovió niveles de educación y bienestar material que resultan en baja fertilidad voluntaria. Esa “transición demográfica” fue asistida por la ciencia que, desprovista de prejuicios religiosos, exploró los detalles de la biología reproductiva y desató la industria de los dispositivos intrauterinos, la vasectomía y el látex.

El desarrollo de tecnologías limpias (sin las cuales la reducción del consumo poco podrá hacer contra el deterioro ambiental) requiere liberalismo intelectual y pujanza económica. Los antecedentes del cristianismo respecto del primero son pobres; el tono culpabilizador contra el “paradigma eficientista de la tecnocracia” no se condice con la declamación de humildad. Se indica, por ejemplo, que “…la actual economía globalizada, tiende a homogeneizar las culturas y a debilitar la inmensa variedad cultural... La desaparición de una cultura puede ser más grave que la desaparición de una especie animal o vegetal”. Pasa inadvertido que una de las empresas de globalización cultural más eficaces de la historia humana tiene su CEO en Roma.

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Ricardo Grau - Profesor Titular de Ecología de la UNT, investigador del Conicet.