DRA. GABRIELA ABAD
PSICOANALISTA
Nos está tocando vivir un período trascendente de cambios en los paradigmas de la humanidad: las innovaciones tecnológicas están impactando en la familia, en la educación, en la vida misma, como nunca antes había sucedido. Hemos pasado de una cultura de la palabra a una cultura de la imagen que, a su vez, rápidamente, le dejó lugar a la cibercultura.
Y hasta acá veníamos hablando los “especialistas” de la fractura generacional que se producía entre padres e hijos, entre maestros y alumnos. Pero resulta que en el vértigo de las generaciones ya asistimos al momento en que los nativos digitales o sea los nacidos sobre fines de los 80, y aún los que lo hicieron a mediados ya están siendo padres, maestros, etcétera. Esto genera cambios subjetivos que obviamente impactan en los lazos entre padres e hijos. Hay un lenguaje en común, formas del pensamiento y comunicación que comparten. Incluso, la manera de producir tanto saberes como diversión es común. Es inédito y reciente; de hecho, no tenemos la distancia en el tiempo para ver sus efectos, pero desde ya que se puede inferir y ver en cada casa, que esa brecha que vivieron con sus hijos las generaciones anteriores, está en proceso de achicamiento.
No se trata de padres que puedan o no aggiornarse, lo que aquí está en juego es un cambio cultural. No es cuestión de reformatear viejos hábitos de pensamiento, traduciéndolos al código de las imágenes y al multimedia, sino de algo más complejo y leve: reconocer que forma y contenido están inextricablemente unidos y que estas relaciones o lazos están marcados por la aceleración, por lo azaroso y por los sentidos diversificados, propios del pensamiento actual.
Si esto será o no una ayuda para el vínculo entre padres e hijos, es una muy buena pregunta. Deberíamos partir de la base que hay un impedimento o imposibilidad que se disipa, y seguramente facilita algunas cosas. Pero también sabemos que el enredo de las relaciones familiares va más allá de las nuevas tecnologías, revisten una complejidad en la trama genealógica y de transmisiones entre padres e hijos, desde generaciones anteriores y de mitos familiares, que seguramente se debatirá en un caso por caso sin generalizaciones posibles.
También es verdad que las generaciones se marcan por las diferencias, con lo cual no está mal ni es preocupante que estos niños y niñas hijos de los nativos digitales encuentren las formas de diferenciarse de sus padres y revelarse por ello.