La 30° Fiesta Nacional del Teatro terminó anoche en Salta, cuando la edición de este ejemplar ya estaba cerrada, con un acto oficial atravesado por la expectativa política ante la compleja situación de tensión interna que vive el Instituto Nacional de Teatro (INT), encargado de organizar el festival.

La expectativa central de ayer estaba en el contenido de los mensajes de clausura del director ejecutivo del INT, Guillermo Parodi, que personifica un sector del organismo, y de los coordinadores generales de la Fiesta, Cristina Idiarte y Miguel Ángel Palma, quienes aparecen como voceros del grupo que más cuestiona el estilo personalista de conducción del hijo de la ministra de Cultura de la Nación, Teresa Parodi.

El público que llenó a pleno las salas durante los 10 días de muestras teatrales, con la participación de 40 elencos de todo el país y de Salta, la provincia anfitriona, se mantuvo aislado de las internas. Los roces y las fricciones no afectaron una sucesión de espectáculos de calidad diversa, con algunas sorpresas altamente satisfactorias y otras decepciones, casi siempre provenientes de provincias donde la producción escénica es escasa desde hace años. Y de ello se puede desprender una primera conclusión casi obvia, en tiempos en que se acerca el balance: la cantidad y variedad de experiencias teatrales (acertadas o fallidas) termina redundando en una elevación general de la calidad. Al mismo tiempo, las puestas donde predomina el naturalismo, como se vio en “Venecia” (de San Luis) o “Impiedad” (de Tierra del Fuego) fueron las menos atractivas y con mayor despliegue realista de escenografía.

Por el contrario, la enorme mayoría de las puestas mostraron una estética centrada en pocos elementos y mucha actuación, lo que vistió al escenario de intenciones más que de elementos.

Otro cuestión importantísima a destacar es la sostenida presencia femenina en escena. La mujer fue protagonista en la mayoría de las obras, desde los mejores unipersonales que se vieron (“El rastro”, de Capital Federal, con Analía Couceyro, e “Irma (cierro los ojos y veo)”, exquisita interpretación de Mariela Roa, llegada desde Villa La Angostura y máxima revelación de la Fiesta) hasta trabajos colectivos. Y en ese sentido, su nivel interpretativo fue más parejo y sostenido que el de los actores, más allá de altibajos motivados por la estética elegida para cada puesta.

Párrafo aparte para la organización: la puntualidad para la apertura de las salas y el comienzo de las funciones demostró que se puede educar rápidamente a un público que suele llegar tarde en esta región del país. De esta forma, se pudo aprovechar al máximo cada noche, con una sucesión de tres y hasta cuatro funciones consecutivas que no se superponían (salvo muy pocas excepciones). De este modo, llegando a tiempo y respetando al que viene después, todo transcurrió con precisión de relojero suizo.

Críticas de las puestas

TEATRO DANZA DE LA RIOJA DE DIFÍCIL COMPRENSIÓN

“La extraña ironía de los hechos”, representante de La Rioja en la 30° Fiesta Nacional del Teatro, es un espectáculo de teatro-danza de conceptos tan oscuros como su puesta, en la que un hombre y una mujer -Federico Tello y Adriana Nazareno- intercambian una suerte de interrogatorio policial para luego desbaratar la acción en una seguidilla de difícil comprensión.

¿Es una pieza sobre la incomunicación humana? ¿Un alegato contra el aborto? ¿Una demostración sobre la nada de la vida? La mujer se envuelve en una tela sobre una cama turca, el hombre fuma sentado en un inodoro; a veces comparten una mesa con bebidas, la mujer enciende un televisor sin imagen, el hombre se mira en un espejo, la mujer es acosada contra un recuadro de luz.

Con una monótona banda sonora y una iluminación donde la penumbra es ley, los protagonistas, formalmente vestidos, describen actos cotidianos individuales o entre sí, se trenzan en repetidas luchas cuerpo a cuerpo, el entendimiento se va desgajando y cunde una sensación de perplejidad.

LA PAMPA OFRECIÓ A UN AUTOR QUE PONTIFICA SOBRE EL PÚBLICO

Como suele pasar en las celebraciones anuales de la Fiesta, algunas provincias envían materiales difíciles de dilucidar, como “Jardinería humana”, de La Pampa, escrita por Rodrigo García y dirigida por Amelia Edith Gazzaniga.

En un escenario atípico, muy angosto, bifronte y atiborrado de desechos de la sociedad de consumo, tres actores y otro que suele aparecer en los bordes filosofan sobre la vida actual, el trato entre las personas y los animales y todo aquel tema que parezca trascendente.

Los dos problemas que mostró la puesta son el texto -García es un argentino residente en Europa que desde su púlpito pontifica frente a un supuesto público de bobos- y los empeñosos intérpretes, a los que cuesta entender cuando hablan.