No hace mucho, desde esta misma columna, advertíamos sobre el sostenido incremento de los accidentes de tránsito en nuestra provincia y la necesidad de adoptar medidas urgentes que permitan disminuir los escalofriantes guarismos. También comentábamos que, según la asociación civil “Luchemos por la Vida”, en 2014 se registraron 333 víctimas mortales en las rutas y calles de la provincia, lo que implicaba un crecimiento del 20% en relación con 2013, cuando se constataron 277 decesos. Aunque esta cifra ha sido cuestionada por el gobierno, no cabe duda de que estas cifras preocupan y siguen llamando la atención porque el índice de mortalidad vial nunca descendió. Por esa razón, el trágico hecho de anteayer, ocurrido a metros del puente Barros en Alderetes, que dejó un saldo de tres muertos y que se produjo cuando un auto que se dirígía hacia el este chocó de frente contra una moto en la que iban dos personas y luego, embistió a una camioneta, es un terrible ejemplo de que lo que decíamos hace unos meses, y que sigue sin encontrar una solución concreta. Lo mismo puede decirse del accidente entre dos motociclistas, el 15 de febrero pasado en la ruta provincial 324 (Famaillá), que culminó con la muerte de uno de ellos; o la tragedia vial ocurrida ese mismo día, en Alderetes, donde un auto conducido por un joven de 24 años chocó y mató a otro chico que circulaba en bicicleta.
No es intención de este editorial volver sobre cifras que se han estado manejando todo el tiempo desde el año pasado, sino tratar de precisar aquellos puntos que exigen mayor atención de parte de las autoridades y de todos los habitantes. Como puede deducirse, el tema de la seguridad vial abarca a toda la comunidad, y una considerable cantidad de omisiones, inconductas y desidias repetidas nos han traído hasta este momento. Es decir que, aunque comience aplicarse un plan lo más pronto posible, hay todavía mucho trabajo por hacer y una responsabilidad común. Por un lado, es evidente que falla -rotundamente- el sistema de controles y sanciones, pero, por el otro, habría que preguntarse por qué los conductores no cumplen con las normas de tránsito y de seguridad vial. Una respuesta posible podría encontrarse en la siguiente pregunta: si no se recibirá sanción por incumplir la norma ¿para qué acatarla? El estado de anomia que se extiende en buena parte de la vida de los tucumanos, también se ha hecho presente -de manera dolorosa por cierto- en todo lo referido a la seguridad vial. La inconciencia, sobre todo de los conductores de motos, ha llegado a niveles insostenibles. Y, sin embargo, nada se está haciendo para detener el crecimiento de los accidentes. No se trata ya de controlar si los conductores tienen puesto el cinturón de seguridad o si los motociclistas circulan con el casco reglamentario. Se trata más bien de algo mucho más difícil de conseguir, pero más efectivo: la toma de conciencia. Y para eso, hace falta la implementación de un plan preciso, constante y de largo plazo. Mientras la obtención de la licencia de conducir, así como su renovación, no surjan de cursos con exámenes eliminatorios y se les siga otorgando a menores de edad, difícilmente disminuirán los accidentes. Se deben atacar las causas, antes que los efectos. Las autoridades deberían preguntarse qué es lo que están haciendo mal o no están haciendo en su justa medida. Porque la vida es el tesoro más preciado que tenemos... Deberíamos recordarlo siempre.