La basura es uno de los problemas más acuciantes de las sociedades actuales. Es político, cultural, social, educativo, económico. Cómo y cuánto se produce y qué se hace con ella y cuánto y cómo se debe invertir para trasladarla y procesarla genera desafíos a la población y a las autoridades. Es un problema muy serio porque es difícil que haya un equilibrio en su manejo y encontrar una política que regule todos los aspectos que contempla; además, es en los momentos críticos cuando se plantean las dificultades que generan los residuos.

La emergencia que han generado las tormentas y las inundaciones llevan en estos momentos a pensar en este asunto. El gerente del consorcio que administra el basural de Overa Pozo ha pedido que durante dos días la gente retenga sus residuos y que las municipalidades regulen la recolección y el traslado, porque el vaciadero se inundó. Pero este es sólo una punta del problema. Los canales desguazados por las tormentas han estado saturados de basura durante años; las ciudades están rodeadas de basurales clandestinos que dan lugar a conflictos y amarguras constantes entre quienes arrojan esos desperdicios y los vecinos de esas zonas. Además, en algunos lugares, como Yerba Buena, se añaden circunstancias críticas como la deficiente recolección que ha dado lugar a la formación de vaciaderos en muchas partes de la “ciudad jardín”, así como veredas llenas de bolsas de basura.

El secretario de Gobierno municipal ha reconocido esos problemas y acaba de anunciar un nuevo sistema de recolección de desperdicios a partir de esta semana.

Pero todo esto es la punta del iceberg de un problema más profundo. Muestra cuán precarias son las soluciones pensadas sin una estrategia multidisciplinaria. Porque el iceberg va creciendo por debajo en una sociedad acostumbrada a generar y desechar desperdicios de modo constante. Hace pocos días se informó de la alarmante cantidad de basura plástica que se arroja, que no sólo ocupa demasiado espacio en los vaciaderos, sino que genera complicaciones para su traslado. Un estudio publicado por la revista Science da cuenta de que Argentina ocupa el lugar 28, entre 142 países encuestados, en un triste ranking de contaminadores del mar con plásticos. Y el fenómeno va in crescendo.

Hay quienes acuerdan con escuelas para que los chicos sean recicladores de tapitas y plásticos y ayuden a fundaciones como la del hospital Garrahan. Un grupo de pescadores se ocupa regularmente de recoger las botellas plásticas de las orillas de El Cadillal. Además de los cartoneros que separan cada noche los desperdicios en las urbes, hay centros de acopio que ayudan a separar residuos.

Pero las salidas individuales y voluntaristas, si bien son importantes y estimulantes, no bastan. Es preciso reconocer la complejidad económica del asunto, y que actuar sobre el final del proceso es más caro y agotador. Separar residuos en el último tramo de la cadena no es eficiente, porque no cambia el sustrato cultural en la comunidad. Y pretender educar a los niños sin modificar los hábitos de los adultos no sirve demasiado.

Se impone la separación de residuos hogareños en orgánicos e inorgánicos. Y esto debe formar parte de un programa bien pensado, no de un plan piloto y ni siquiera de una iniciativa de una determinada municipalidad, sino de una política básica multidisciplinaria en la que estén todos de acuerdo. Esto no puede depender de partidos políticos ni de estructuras provinciales o municipales pensadas sectorialmente, como la Secretaría de Saneamiento creada hace pocos meses, El rol ejemplificador y facilitador del Estado, con políticas de promoción y con un sistema de premios y castigos, es fundamental. Urge que nos pongamos a elaborar una política integral, antes de que la basura nos tape.