Autobiografía
UNA CURIOSIDAD INSACIABLE
RICHARD DAWKINS
(Tusquets - Buenos Aires)
El azar trajo a mis manos en estos días dos autobiografías recientes de autores reconocidos: la de Mario Bunge (Memorias – Entre dos mundos) y la de Richard Dawkins (Richard Dawkins, una curiosidad insaciable). Las 400 páginas del primero y las 300 del segundo abundan en referencias anecdóticas que revelan la profusa memoria de sus autores. Desanima un tanto al lector más interesado en ideas esa vasta hojarasca de relaciones con múltiples personas y lugares y episodios vinculados al escritor. Seguramente ello interesará particularmente a esa multitud de gente aludida en estas historias de vida. ¿Hay otro modo de hacer una memoria? Quizás no. Por fortuna ambos autores que menciono dan lugar en sus libros a una discusión sobre el origen y evolución de sus puntos de vista defendidos a lo largo de su producción intelectual.
Si el lector consigue superar el cuidado mapa genealógico de Dawkins desde 1696; o la irritación del biólogo ante un empleado de migraciones estadounidense que lo llamó Clint, como figura en su pasaporte (irritación “a pesar de que la casualidad me haya dotado de las mismas iniciales de Charles Robert Darwin”, pág. 15); o la vastísima mención de personas vinculadas con la aparición de su obra más conocida (El gen egoísta, 1976) donde no escapa ni la secretaria que tipeó el original presentado a la editorial para su publicación; o las numerosas fotografías que testimonian una marcada exaltación de la autorreferencia; si el lector sortea asuntos así en la lectura, digo, podrá disfrutar de una exposición breve y clara de sus ideas centrales desarrolladas en aquel libro.
El asunto original es la pregunta siguiente: ¿cuál es, para la actual teoría neodarwiniana de la evolución, la unidad evolutiva fundamental, allí donde actúa la selección natural? ¿Es la especie, el individuo o el gen? Para Dawkins “La selección natural es un proceso puramente mecánico…no tiene visión de futuro…Lo único que puede hacer es favorecer ciegamente al beneficio a corto plazo” (pág. 272). Por lo tanto, sostener que la selección natural actúa sobre las especies es “un error exasperantemente seductor” y cuyo mayor exponente “es el popular libro de Konrad Lorenz Sobre la agresión” (pág. 271).
Pero tampoco podría ser, a su juicio, el individuo, porque “constituye una unidad genética demasiado grande y efímera”. Especies e individuos son “agregaciones o federaciones temporales. No son estables a lo largo del tiempo evolutivo” (pág. 273). La unidad evolutiva fundamental es el gen. Dawkins propone esta metáfora que puede aclarar más que cualquier razonamiento su idea: “Los individuos no son entidades estables, sino efímeras. Los cromosomas también se entremezclan hasta difuminarse, como manos de una partida de naipes después de barajar cartas. Pero las cartas mismas sobreviven a las mezclas. Las cartas representan a los genes. Los genes no resultan destruidos por el entrecruzamiento, sino que se limitan a cambiar de acompañantes y seguir adelante. Desde luego que siguen adelante. Es lo suyo. Ellos son los replicadores y nosotros somos sus máquinas de supervivencia. Cuando hemos prestado nuestro servicio, somos descartados. Pero los genes son los ocupantes del tiempo geológico: los genes son para siempre” (pág. 274).
Cultura humana
Ante la oposición “egoísta-altruísta”, la teoría ortodoxa del evolucionismo darwiniano es, a juicio de este autor, que los genes son el centro de la selección y son definitivamente egoístas.
Dawkins, por otro lado, se suma a muchos otros biólogos evolucionistas cuando reconoce que ha aparecido, dentro de la evolución, una conciencia capaz de advertir su origen en esa naturaleza egoísta de los genes. “Esta nueva sopa es el caldo de la cultura humana…Así como los genes se propagan en un acervo genético saltando de un cuerpo a otro transportados por espermatozoides u óvulos, los memes se propagan en el acervo memético saltando de un cerebro a otro mediante un proceso que, en sentido amplio, puede llamarse imitación” (p 290). De modo que el gen no sería el único modo de replicación posible: la cultura humana inició su propio despliegue de un proceso de evolución darwiniano donde las ideas están cumpliendo la función de los genes.
Sugerentes las ideas biológicas de Dawkins. Sobrevuela en torno de sus asuntos la inquietante y antigua pregunta filosófica: ¿cómo puede asignarse propósitos, intenciones o egoísmos, es decir finalidades a los componentes bióticos que otorgan –desde su escala atómica- a individuos y especies tan precisos ajustes con el medio y dentro de ellos mismos? ¿Hay un plan posible, un diseño, o basta el azar de las cartas genéticas arrojadas sobre el tiempo para entender la inabarcable belleza funcional de los organismos vivos?
(C) LA GACETA
Jorge Estrella