Por Ricardo Grau - Para LA GACETA - Tucumán

Cuando salió a correr las piernas le pesaban, el sopor tucumano anticipaba transpiración y falta de aire. Pero unos 20 minutos más tarde comenzó a desatarse el viento, y al poco tiempo lo acompañaron las grandes gotas, que se hicieron continuas y densas. La platabanda de la avenida Perón , usualmente poblada por caminantes y atletas, quedó rápidamente desierta. El cielo pasó del rojo al negro, a cual más bello. Antes de cubrirse de arroyos, el suelo perfumó el aire y el alma con aroma a tierra mojada. Pese al agua que las impregnaba, las zapatillas se hicieron livianísimas y sus pies volaron al ritmo de la tormenta, de la ondulante cortina de agua, de las hojas que bailaban enloquecidas. Memoria, planes, imágenes, puras sensaciones: frío mezclándose con calor, jadeo y ritmo cardíaco hecho danza, cansancio y el gusto de ganarle al cansancio. Placeres simples y complejos en soledad. Al llegar a casa, su mujer lo saludó preocupada. -¿Estás bien?. –“Perfecto”, contestó, ella pensó que con ironía. Si no fuera porque chorreaba agua por todo el cuerpo se hubiera dado cuenta que había llorado, de felicidad.

– Andá a darte un baño caliente que tenemos que hablar de lo que me dijeron en la escuela sobre la nena.

“Hay que trabajar un poco en su sociabilidad”, había diagnosticado la maestra. “A veces se aísla; en algunos casos se la ve caminando sola en los recreos.” “Que haces en los recreos?, le preguntaron a la niña de seis años. “A veces voy a la biblioteca, cuando no está muy llena ni cerrada; otras veces camino, otras juego con las chicas”. Le preguntaron qué hacía cuando caminaba. “Miro a otros chicos jugar, busco, pienso…es que a veces si uno está conversando o en clase, no tiene tiempo para pensar”, respondió.

Pertenencia

Al sistema educativo le preocupa la soledad, que es reconocida como uno de los males de la sociedad moderna. Abunda la gente incapaz de disfrutar de una cena, una salida al cine o un viaje sin compañía. Adultos, con síndrome de abstinencia ante la imposibilidad de chatear en internet o cuando el celular se queda sin batería. Por ello, están bien desarrolladas las herramientas para fomentar la “participación”. En las democráticas elecciones de la Universidad de Tucumán, he visto una candidata a decana ganar una elección con una plataforma proselitista poco ambiciosa de ideas sobre ciencia o enseñanza, pero explicita en promover “un profundo sentido de pertenencia”. El respeto a los símbolos patrios es un ítem en la clasificación de los niños escolares, de evaluación más rigurosa que la creatividad o la capacidad crítica. “Estoy enfocada en incentivar el sentido de pertenencia”, corroboró una amiga, explicándome sus prioridades como profesora de un secundario.

La consecuencia de estos esfuerzos tiene distintos matices, no todos positivos. “Odio a los españoles”, exclamó una niña en el aula, luego de las repetidas clases sobre el creador de la bandera y sus exitosas batallas de Salta y Tucumán. “Está loco”, escuché comentar a alguien sobre la opinión de un tercero que durante el Mundial de fútbol había expresado su preferencia por la derrota del equipo nacional, que era más incompetente y tramposo que sus rivales. “Está fuera de sí, enojado con el mundo, dice eso para llamar la atención”. ¿Está (estoy) loco?...me quedé pensando. En la soledad de un viaje, una cita del antropólogo Levy Strauss me propone una respuesta.

“En realidad, es aquel que llamamos mentalmente sano el que se aliena, puesto que consiente vivir en un mundo definido por la relación entre yo y los otros”. Vivir fuera de sí, para hacerlo dentro de la sociedad. Recuerdo la convicción de un gendarme en los 80 al explicar su lealtad a la tropa. “El militar no piensa, ejecuta”. Hoy los militares tienen mala prensa, pero muchos sienten igual entusiasmo por militar en la “militancia”, fieles a un relato eficaz para diluir la responsabilidad en los fracasos o exportarla cómodamente a “los otros”. Entiende Levy Strauss que el Homo, animal social y simbólico, se encuentra tironeado por dos fuerzas antagónicas; y elegir los beneficios de una de ellas supone el precio de resignar la otra.

Bajo costo

Preocuparse por la falta de sociabilidad es una prevención razonable. En buenas cuentas, el antisocial se pierde del enriquecedor trabajo en equipo, del placer de la camaradería, la critica amiga, la protección del grupo y la confianza que nos transfiere. Pero ¿no habría que preocuparse también por la incapacidad de sobrellevar o incluso disfrutar y aprovechar la soledad? “Locos son quienes han perdido todo, menos la razón”, dice un personaje de Ibsen. A esa categoría de locos posiblemente pertenecía Nieztche, quien afirmó: “El individuo siempre tuvo que luchar para evitar ser agobiado por la tribu. Si lo intentas, frecuentemente te sentirás sólo y a veces atemorizado. Pero no es un precio demasiado caro para el privilegio de pertenecerte a ti mismo”.

¿Habrá algún sistema educativo realmente interesado pagar ese bajo precio? En él, la independencia competiría con la pertenencia y la emoción de un himno tendría menos importancia que la emoción de la creación artística, la resolución de un problema o el asombro por su insolubilidad. El respeto a los símbolos valdría menos que el respeto por la verdad y por las personas, independientemente de su nacionalidad; y el amor al juego o al deporte no se confundiría con el amor a la camiseta. Refugiarse en los brazos de un amigo tendría la alternativa o el complemento de refugiarse en las páginas de un buen libro. Los fracasos, los éxitos, las dudas y las soluciones serían propias. Los estudiantes reconocerían el aburrimiento que provocan los símbolos vacíos y los épicos relatos porque tendrían cosas más interesantes que hacer, como por ejemplo, aventurarse a la intemperie a pie, disfrutar de la lluvia y el viento, del silencio, el esfuerzo, la nostalgia, la búsqueda y el hallazgo. Escuchar el trabajoso rumor de los latidos, de la propia respiración o el de las propias ideas.

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Ricardo Grau - Profesor Titular de Ecología de la UNT, investigador Independiente del Conicet.