DIVULGACIÓN

INTRODUCCIÓN A FOUCAULT

EDGARDO CASTRO

(Siglo XXI – Buenos Aires)

El boom de los estudios en la obra de Michel Foucault suma un nuevo volumen. En esta ocasión, Edgardo Castro –quien ya había publicado el Diccionario Foucault- reincide con una introducción al pensador francés en la que presenta una visión de conjunto de sus corrosivas ideas. El volumen es breve; sin embargo, traza un extenso recorrido desde los primeros trabajos de Foucault (en torno a las dificultades intrínsecas de la psicología para abordar las enfermedades mentales) hasta sus últimos cursos, que versaron sobre el ‘cuidado de sí’. En el medio aparecen todos sus grandes temas como la locura, la arqueología del saber y su tópico de mayor repercusión en la actualidad: el biopoder, esto es, su visión según la cual los Estados modernos ejercen diversas prácticas disciplinarias para subyugar los cuerpos y controlar a la población.

El autor del volumen, doctor en Filosofía por la Universidad de Friburgo e investigador del Conicet, posee un vasto conocimiento de la obra de Michel Foucault. No sólo domina sus textos, sino que dispone de un amplio material que resulta de utilidad para contextualizar las ideas expuestas (entrevistas, polémicas en la que Foucault intervino, pensadores que lo influyeron, etcétera). Se anima incluso a arriesgar algunas interpretaciones propias sobre el rebelde intelectual francés.

Sin sustituir la lectura directa del mismo, este volumen puede servir como una guía eficiente para quien desee adentrarse en los embravecidos paisajes foucaultianos.

En aras de un bienvenido ordenamiento de las ideas del teórico francés, el volumen sacrifica en ocasiones la profundidad de los problemas abordados. Con todo, cumple acabadamente con el fin de ser una introducción, al proponerse brindar una versión clara de los temas tratados y evitar una escritura restringida a los especialistas.

© LA GACETA

Nicolás Zavadivker


Adelanto de La gran extranjera, libro que reúne textos, entrevistas y conferencias de Foucault sobre literatura (inéditos en castellano) que será publicado en marzo por la editorial Siglo XXI.

Por Michel Foucault

La obra hace señas a la literatura: ¿qué quiere decir esto?Quiere decir que la obra convoca a la literatura, le da garantías, se autoimpone una serie de marcas que le prueban y prueban a los otros que se trata en efecto de literatura. Esos signos, reales, mediante los cuales cada palabra, cada frase indican su pertenencia a la literatura, son lo que la crítica reciente, desde Roland Barthes, llama escritura.Esa escritura, en cierta forma, hace de toda obra una pequeña representación, algo así como un modelo concreto de la literatura. Posee la esencia de la literatura, pero da al mismo tiempo su imagen visible, real. En cierto sentido puede decirse que toda obra dice no sólo lo que dice, lo que cuenta, su historia, su fábula: dice además qué es la literatura. Con una salvedad: no lo dice en dos tiempos, uno para el contenido y otro para la retórica; lo dice en una unidad. Una unidad señalada precisamente por el hecho de que, a fines del siglo XVIII, desapareció la retórica.Decir que la retórica desapareció significa decir que, a partir de esa desaparición, la literatura se encargó de definir por sí misma los signos y los juegos en virtud de los cuales va a ser, precisamente, literatura. Podemos decir en consecuencia, si les parece, que la literatura, tal como existe desde la desaparición de la retórica, no tendrá por tarea contar algo, y agregarle luego los signos manifiestos y visibles de que es literatura –los signos de la retórica–, sino que va a estar obligada a tener un lenguaje único y, no obstante, desdoblado, ya que, a la vez que dice una historia, a la vez que cuenta algo, deberá mostrar y hacer visible a cada instante lo que es la literatura, lo que es el lenguaje de la literatura, dado que la retórica, encargada antaño de decir lo que debía ser un bello lenguaje, ha desaparecido.Puede decirse por tanto que la literatura es un lenguaje a la vez único y sometido a la ley del doble: pasa con la literatura lo que pasaba con el doble en Dostoievski,4 esa distancia ya dada en la bruma y la noche, esa otra figura que, por las calles, no deja de duplicarnos y que, sin embargo, va también al encuentro del paseante y lo hace hasta el extremo del pánico, que, en el momento de verse justo frente a él, lleva a reconocer al doble.Un juego similar se produce entre la obra y la literatura.La obra va sin cesar por delante de la literatura, esta es esa especie de doble que se pasea delante de aquella; la obra no la reconoce nunca a pesar de cruzarse sin descanso con ella, pero siempre falta precisamente el momento de pánico que constatamos en Dostoievski.