Según las obras de referencia, los cajeros automáticos, tal como los conocemos, fueron inventados por una empresa electrónica norteamericana, cuando iba finalizando la década de 1960. Pocos años más tarde, se extenderían por todo el mundo estas máquinas que permiten al interesado, sin intervención del personal de un banco, no solamente depositar y extraer dinero, sino también ejecutar una serie de operaciones que facilitan extraordinariamente su vida cotidiana.

También el sistema coopera notablemente a la seguridad, porque evita la portación de dinero en efectivo. En suma, el cajero automático debe computarse, con toda justicia, entre esos elementos implantados por la electrónica que han venido a solucionar una multitud de trámites que antes exigían no sólo demoras sino también la participación obligada de terceros.

Esto último significa también un considerable ahorro de personal a las instituciones bancarias, ya que es el mismo interesado quien realiza las operaciones que desea. Pero, si la gran masa de dinero circulante del ciudadano común está en los cajeros, parece obvio sostener que ese ciudadano debiera tener la máxima comodidad para extraer, de las máquinas, la suma que requiera, y cuando se le antoje hacerlo. No ocurre así, lamentablemente.

Los cajeros automáticos, en primer lugar, no son suficientes en número. Así se lo puede corroborar echando una mirada a las largas colas formadas a su frente. Tal deficiencia, que se registra notoriamente en la ciudad capital, se hace mucho mayor en los centros de población del Gran San Miguel de Tucumán, y qué decir en las ciudades del interior. Famaillá, por ejemplo, con sus 23.000 habitantes, tiene solamente cuatro cajeros, y esto desde no hace muchos años.

Además de ser pocos, sucede que cuando se agota su carga de billetes, hay que aguardar varias horas hasta que el banco proceda a la correspondiente recarga. A esto hay que añadir, bastante a menudo, los casos en que de pronto el cajero deja de funcionar, a causa de alguna falla mecánica. Como penoso resultado de esos problemas, muchas personas se ven imposibilitadas de obtener un acceso rápido e inmediato al dinero que les pertenece.

Podría argumentarse que siempre es posible acudir al cajero humano. Pero esto sólo es posible en horario hábil. Y quien concurre a las instituciones bancarias puede comprobar, con el consiguiente fastidio y pérdida de tiempo, que todo trámite de esa índole está sometido a enormes demoras. Hasta el mero cambio de un cheque –que antes de las maravillosas computadoras demoraba minutos- exige ahora, al tenedor, afrontar encolumnado una espera interminable.

Por todo esto, parecería obvio sostener la necesidad de que las instituciones bancarias realicen las inversiones dirigidas a incrementar sustancialmente el número de cajeros automáticos de que disponen, tanto en sus edificios como en las cabinas callejeras. Esto además de cuidar de que se encuentren cargados, y que se recarguen con una razonable velocidad, cada vez que se agote su almacén de billetes. De esa manera, el tan eficaz y servicial cajero automático podrá desempeñar, realmente, las vitales funciones que le corresponden en la vida diaria de los tucumanos. Y no se convertirá, como ocurre ahora con acusada frecuencia, en un obstáculo para esos trámites imprescindibles que ejecuta cada rato la masa de habitantes, sin excepción.