En los últimos lustros, la sociedad viene asistiendo a transformaciones casi cotidianas de la mano de la ciencia y la tecnología que han revolucionado las comunicaciones y las costumbres, positivas o negativas, según la óptica con que se las mire. Pero también se ha producido un proceso de deshumanización, donde el materialismo y la fiebre de consumo se han convertido en motores de una comunidad. Por otro lado, a causa de las desigualdades económicas y de salarios insuficientes, un individuo se ve obligado a conseguir otros trabajos para mantener a su familia.

Varias décadas atrás, con una sola ocupación, un hombre podía alimentar, vestir a su familia y hacer estudiar a los hijos. Como el dinero no alcanzaba la mujer dejó su histórico rol de ama de casa y comenzó a trabajar para que hubiese otra entrada en el hogar. También por una cuestión de igualdad de derechos con el hombre. Si bien, el hecho de que ambos progenitores trabajaran implicaba un beneficio económico, en contrapartida, el contacto necesario con los hijos disminuyó, hasta el punto de que hay padres tratan de calmar su conciencia dándoles con todos los gustos, pero no saben qué piensan o sienten sus hijos porque el casi no hay tiempo para el diálogo. Afortunadamente hay muchas excepciones.

En nuestra edición del jueves pasado, dedicamos un espacio generoso a una experiencia poco común, un padre de 47 años, que decidió recorrer más de 8.000 kilómetros, llevando en bicicleta al menor de sus seis hijos. “De aventura con papá” llamó el pequeño Erik de 11 años a la excursión. El año pasado, llegaron hasta Chile y ahora, partieron de Trelew con destino a La Quiaca. De regreso, pasarán por Jujuy, Corrientes, Entre Ríos, Buenos Aires y nuevamente Trelew. Quique, el padre transporta en su bici, el equipaje y a hijo, “en total cargo 300 kilos”, afirma y agrega que en su ciudad, ubicada en el Valle inferior del río Chubut, realiza trabajos de mantenimiento de casas, hace de todo, desde plomería hasta pintura. Preparó una vieja bicicleta de reparto, acondicionó el asiento adelante, le incorporó cambios y le puso una silleta cómoda. Por día recorren un promedio de 210 kilómetros; duermen en carpa, en hostels, comen a la orilla del camino. “Tenemos una ruta tentativa, pero si nos contactamos con gente que nos invita a sus casas nos desviamos para hacer nuevos amigos”, contó. Considera que con esta experiencia va sembrando semillas: “sobre todo, mostrar que la bici te puede llevar a todos lados, que sos vos, la naturaleza y tu esfuerzo, que podés conocer ‘en vivo’ cada uno de los paisajes que transitás. Y también está el mensaje de compartir, de la unión de padre e hijo”.

Se trata de una singular experiencia entre un padre y un hijo, comparten no solo el amor, la camaradería, la complicidad, sino también la curiosidad, la sed de aventura, despiertan la simpatía y la solidaridad de las personas con las que entablan relación. Sin necesidad de emprender tamaña andanza, los padres podrían buscar momentos para hacer algo juntos con los hijos, generar un espacio para la comunicación, aprovechar las vacaciones para hacer realidad ese famoso “me gustaría”. Nada material puede reemplazar el contacto directo con ellos, una actividad conjunta redunda en un mutuo conocimiento. “Cuando tenía 14 años, mi padre era tan ignorante que no podía soportarle. Pero cuando cumplí los 21, me parecía increíble lo mucho que mi padre había aprendido en siete años”, decía Mark Twain.