Un chico dibuja, en la PC de su casa, todo el día, una maqueta para una materia de Arquitectura. A eso de las once de la noche, sucede la hecatombe: el programa se estanca. Lo reinicia y, al volver el plano a la pantalla falta buena parte del trabajo. La angustia se apodera del dibujante y se contagia a la familia. Al rato logra recuperar el dibujo completo... y con ello la familia respira aliviada.
Horas después, la hermana, estudiante de Letras, decide imprimir un libro que bajó, y que solo se conseguía en la web, para poder hacerle marcas de estudio. ¡Lo tengo! grita acariciando las hojas A4 como si hubiese encontrado un tesoro.
Contrapuestas en estados de ánimo, las dos anécdotas ocurren en pocas horas, en una modesta casa que solo cuenta con una PC y con una notebook residente en el taller del técnico. (Cómo habrán de multiplicarse las anécdotas informáticas entre gente más tecnologizada). De todos los aparatos enchufados en una casa, una simple PC ocupa un lugar central, no solo para socializar en las redes, para jugar online o ver una peli sino para trabajar o estudiar cada día.
Ayer, un diario nortamericano publicó el artículo “Por qué no debemos temer a las máquinas. Una verdad básica: las computadoras no pueden ser reemplazos de los humanos”. Aludía a la película “The imitation game”, sobre Alan Turing (1912-1954) quien al descifrar el código secreto del ejército alemán contribuyó a que la Segunda Guerra Mundial terminara dos años antes y se salvaran 14 millones de vidas. El matemático inglés, uno de los padres de la computación, precursor de la informática moderna, entre otras contribuciones aportó al enigma de si las máquinas pueden pensar, es decir, a la inteligencia artificial. Tan elevadas hipótesis produjo la mente prodigiosa de Turing, y sin embargo no llegó a imaginar, ni lejanamente, cómo influirían sus saberes científicos cada día, en cada sencilla casa.