Por Alfredo Ygel - Para LA GACETA - Tucumán

La comedia romántica Magia a la luz de la luna es la historia de un mago interpretado por Colin Firth que intenta desenmascarar a una falsa médium, Emma Stone. Ambientada esta vez en la Provenza francesa, con fascinantes paisajes, residencias y jardines maravillosos, y un vestuario asombrosamente bello, Woody Allen nos relata el persistente intento del sarcástico y egocéntrico ilusionista por desenmascarar la farsa y el engaño de la bella supuesta espiritista. Con los argumentos del discurso de la ciencia y el mundo racional, se empeña en poner al descubierto el engaño que habita en toda creencia e ilusión. Convocado por un psicoanalista y un colega también mago intenta poner en evidencia la verdad que se esconde en el mundo ideal. Pero por este camino el investigador va descubriendo los misterios de un nuevo mundo, hasta entonces completamente desconocido para él. El mundo del espíritu, de los sentimientos, del acceso a los sentidos como el olfato, el gusto, la mirada. Es en este mundo sensible, en este registro que escapa a la lógica y el cálculo, donde es invadido por un afecto completamente novedoso en su vida, el amor. Es así como este inglés arrogante y narcisista cae subyugado por la magia que aparece bajo la luna y abre su corazón hasta entonces absolutamente encerrado en la racionalidad y la medida.

Con este argumento simple y en una narración sencilla e impecable lo que viene a traernos la magia del cine de Woody Allen es la eterna querella entre el mundo racional y los embates del corazón. Quizás como en un examen autobiográfico el genial director, con su humor intelectual y pensamiento racional característico, nos acerca una reflexión frente a su pesimismo. En una entrevista a propósito del estreno de la película, el cineasta manifiesta: “Tengo una visión pesimista y realista de las cosas. Como Colin Firth en esta película, creo que lo que ves es lo que hay”. Y más adelante acerca una respuesta a partir de lo que Emma Stone dice en la película: “Todos necesitamos mentiras para poder vivir”. El genial director responde: “Necesitamos espejismos, la vida es demasiado terrible de afrontar y no podemos afrontar la verdad de lo que es la vida porque es demasiado horrible. Cada ser humano posee un mecanismo de negación para sobrevivir. La única manera de sobrevivir es negar. ¿Negar el qué? Negar la realidad. La vida es una situación tan trágica que solo negando la realidad sobrevives”.

En película Allen nos descubre su juego haciendo suspirar a la platea cuando hace que sea el amor el que gane la partida. Desmintiendo el axioma instalado por el discurso de la ciencia que “todo lo real es racional”, el genial director va a plantearnos que la vida también es sueño, magia, fantasía, amor. Y esto aún cuando la realidad sea muchas veces dolorosa o simplemente gris. Así nos dice: “Espero que haya cierta cantidad de magia en la vida. Desafortunadamente, no hay suficiente. Hay pocas cosas, esporádicas, que uno podría considerar mágicas. Pero la mayor parte es realidad gris”.

Y es este el mensaje que nos deja en el imperdible dialogo final entre el protagonista y su flemática e inteligente tía inglesa, quien también sucumbió en su vida a los embates del amor. Allí en su seguro e impasible itinerario hacia la razón, donde le habla a otro sobre lo que le pasa casi como en una sesión de psicoanálisis, el ilusionista paradójicamente va a descubrir el objeto de su deseo y su amor. Y es en el momento en que logra desprenderse de sus defensas racionales, yoicas y narcisistas, cuando descubrirá el aroma de una flor, el gusto de una comida, la belleza de una mujer. Se encienden las luces y salimos del cine mientras una música de jazz nos acompaña. Conmovidos por la película agradecemos en silencio a Woody Allen por hacernos reencontrar, una vez más, con la magia de la vida.

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Alfredo Ygel - Psicoanalista, profesor de la Facultad de Psicología de la UNT.