Como se sabe, en las ciudades se denominaba “sereno” al empleado policial encargado de recorrer las calles por la noche y controlar su seguridad. El 9 de septiembre de 1856 se sancionó un extenso y minucioso “Reglamento de Serenos” de Tucumán. Eran ocho en total y debían recorrer la ciudad desde las diez de la noche hasta el amanecer.

Debía caminar por su manzana “con marcha pausada por ambas veredas, sin detenerse a conversar en pulpería o cualquier otra casa, o con las personas que pasen, y sólo hará alto para descansar por diez minutos a lo más”. Debía llevar un farol. Si encontraba una pulpería abierta fuera de hora, la haría cerrar.

Era su obligación “cantar la hora y el tiempo que haga en cada una de las cuatro esquinas de la manzana y el centro de cada cuadra”. Estaba provisto de un silbato, que debía usar “sólo para anunciar alguna ocurrencia extraordinaria o con el objeto de pedir auxilio”. El que lo oyera, tocaría el silbato del mismo modo, “para hacer saber que está de acuerdo, marchando inmediatamente a dar auxilio al compañero”.

Atendería a todo vecino que lo llamase para pedirle cualquier cosa, por ejemplo “que lo despierte a tal o cual hora”, o llamar un médico, o comprar un medicamento. Si se topaba con un ebrio, éste sería conducido “de sereno en sereno” hasta la Policía. También le correspondía detener al que portase “algún atado, o lío, o cosas sospechosas”.

Estaba armado, pero sólo podía usar su arma “con la prudencia posible” y “sin perjuicio de pedir el competente auxilio”. Haría cerrar cualquier “puerta abierta o postigo que crea de poca seguridad”. Todo esto, entre muchas prescripciones similares.