Hay una discusión que se repite en cada almuerzo familiar: mi pelea sin retorno con las bicicletas. Como esas historias de amor que nacen mal y terminan peor, mi relación con esos móviles siempre estuvo lejos de ser el romance ideal. Ni siquiera un amor de verano con final feliz entre ambos puedo relatar. El domingo, sin ir más lejos, mi viejo recordó socarronamente el trágico final de una bici de carrera que me había regalado en mi adolescencia, sin percatarse de que, en realidad, quizás yo haya sido igual de víctima que aquel rodado.

De los frustrados intentos de enamoramiento hacia los típicos móviles de la infancia recuerdo sólo algunos. El primero tiene que ver con una vieja bicicleta que mi hermano mayor había desvencijado después de tantos años de uso y que, finalmente, recayó en una casa de repuestos. “¿Cómo esa bici vieja, pasada de moda, sucia y de un rojo teñido por los días al sol y la lluvia sería para mí?”, refunfuñaba. Hasta que un buen día la trajeron, reluciente, celeste con líneas blancas. Pulcra, soberbia. Era la bici ideal para mí. “Ahora verían esos grandulones que me abandonaban cada tarde para salir a pedalear”, pensaba. Me sentía todopoderoso, hasta que… una esquina, un auto, una frenada, arena en el piso… y mis rodillas tan rojas como una manzana.

Pasaron varios años hasta que mis padres decidieron regalarme otra bicicleta. Ya era adolescente cuando les pedí una de carrera, casi profesional. Un buen día me la trajeron. Era blanca, de ruedas tan finas como elegantes y ¡con cambios! Una tarde, de vacaciones, la recosté sobre el césped sólo para que exhibiera su belleza. Hasta que un caballo desbocado le pasó por arriba como si fuese una piedra en medio del río. La llanta quedó destrozada, y el cuadro torcido. Sólo pensaba en cómo iba a explicarles a mis viejos que la bici se había cruzado justo en el camino de un alazán despiadado. Su abrupto final es, sin dudas, una de las injusticias más grandes de las que se me acusa en esta vida.

Es que por mucho esfuerzo que uno haga, forzar gustos es inútil. Era, soy y seré de los que está dispuesto a ir sentado en el cuadro de una bicicleta, con el cable del freno quemándole las piernas ante cada apretón, siempre y cuando haya algún voluntario decidido a pedalear y sudar para llegar a destino.