Es tucumano y fue rector del Seminario Mayor. El obispo de Catamarca, monseñor Luis Urbanc, presidió ayer los actos en honor a Nuestra Señora de La Merced en ausencia de monseñor Alfredo Zecca, que se encuentra en Roma. El prelado tucumano se mostró emocionado por su visita y dijo que se encontraba en la provincia “como un peregrino que agradece a la Madre de Dios su constante protección y le confía sus necesidades como pastor de la querida diócesis de Catamarca”.

Primero, Urbanc presidió el acto cívico militar que se realizó en la plaza Belgrano; después, acompañó la procesión a lo largo de 11 cuadras. Un mar de banderitas argentinas se extendió por toda la calle 24 de Septiembre hasta desembocar en la plaza Independencia. Monseñor Urbanc caminaba junto al intendente Domingo Amaya y a varios integrantes del gabinete municipal. Fuentes policiales calculan que hubo más de 15.000 fieles.

La columna de devotos ocupaba unas siete cuadras y estaba presidida por centenares de jóvenes de movimientos católicos, como los Exploradores de Don Bosco, Las Exploradoras de María Auxiliadora y las alumnas del colegio La Merced, que lucían remeras alusivas al centenario del establecimiento y caminaban llevando una bandera de varios metros.

“Estoy muy contento de estar en Tucumán”, fue lo primero que dijo monseñor Urbanc al inicio de la misa. La ceremonia se realizó frente a la iglesia Catedral y estuvo concelebrada por el párroco de La Merced, el padre Carlos Sánchez, monseñor Melitón Chávez y otros sacerdotes. Luego se leyó un mensaje enviado por monseñor Zecca para esta ocasión.

En la misiva, el arzobispo explicó a los fieles que no podía presidir la ceremonia por encontrarse en Roma para asistir hoy a una reunión plenaria de obispos como delegado del Episcopado Argentino. Contó a la multitud que el jueves pasado estuvo con el Papa Francisco con quien dialogó sobre temas provinciales y nacionales y que Su Santidad le confió su deseo de estar en Tucumán para la clausura del Congreso Eucarístico Nacional de 2016, pero que no lo podía asegurar todavía. Se despidió pidiendo a la iglesia tucumana que refuerce su vocación misionera.

En su homilía, monseñor Urbanc reprodujo varios párrafos del documento de Aparecida, donde se habla de la misión y del discipulado. “El discípulo-misionero ha de ser un hombre o una mujer que hace visible el amor misericordioso del Padre, especialmente a los pobres y pecadores”, recordó. También evocó varias frases de Evangelii Gaudium, donde el papa Francisco dice que en el mundo actual los creyentes también corren el riesgo, “cierto y permanente” del consumismo y el individualismo, “de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales y de la conciencia aislada”. En el último párrafo rogó a la Virgen por “ciudadanos virtuosos y proactivos en bien de una sociedad más inclusiva, más misericordiosa, más fraterna y más coherente”.

TESTIMONIOS DE FE

Diez peregrinaciones.- El martes por la tarde llegaron diez misachicos desde distintas localidades. Comunidades de Romera Pozo, El Cortaderal, Papa Pala, Quilmes, Esquina (Leales), El Bracho, El Cevilar, Carbón Pozo y Bajo Grande (Cruz Alta) trajeron sus imágenes de la Virgen de la Merced.

Hambrientos y sedientos.- Apenas llegaban los peregrinos eran recibidos con bebidas y un sándwiches preparados por voluntarios de la basílica de La Merced. Después de tomar gracia de la imagen histórica, los promesantes se vuelven a sus casas, en colectivo, o se quedan a dormir en la casa de algún familiar de la capital. A la mañana siguiente regresan antes de la misa de las 6.30, para recoger sus imágenes que quedan en el templo durante toda la noche.

El regreso de José Domínguez.- Cuando la madre de José Domínguez supo que su hijo iba a ir a la guerra de Malvinas casi se infarta. Su hijo menor tenía 18 años. “Todas las semanas mi mamá me mandaba a la ciudad a averiguar qué se sabía de mi hermano. Ella lloraba todas las noches. Tanto le rogó a la Virgen que un día él se apareció en mi casa sin avisar. Sano y salvo”, cuenta la hermana mayor del ex combatiente, María Inés Domínguez.

Alegría mariana.- A María José Romero la alegría se le nota en la cara. Agita su banderita como una niña cuando la imagen histórica es ubicada en el altar de la plaza. Sus hijos la siguen con fervor, Teresita, de nueve años; Daniela, de ocho, Guadalupe, de siete, y Pablo, de cinco. Están junto a su prima Juliana, de 11 años. Vestidos de fiesta, disfrutan cada minuto de la celebración. Se emocionan y gritan vivas a la Virgen. “Participamos de los actos desde anoche. Fue muy lindo ver el homenaje de los gauchos”, cuenta la niña más grande.

Un pedido especial.- Ángela Castillo llega del brazo de su esposo Francisco Vallejo. Vienen de Villa Amalia, con un pedido muy especial: Ángela ha quedado ciega de los dos ojos posiblemente a causa de la diabetes. Camina despacio y casi no puede hablar de la emoción. “Tengo muchas cosas para decirle a Dios”, es todo lo que alcanza a decir antes de que una catarata de lágrimas la obligue a cerrarlos.

Desde Cruz Alta.- Lita Orellana viene con su nieta desde La Florida, Cruz Alta. Dice que viene a agradecer porque tenía artrosis y desde que le reza a Virgen los dolores van pasando.