Carlos Rodríguez lleva el seudónimo de Boom Boom Kid. Es un “músico de carretera”, como él mismo se describe. Sus constantes periplos alrededor del país, Latinoamérica, Estados Unidos, Japón y algunos países de Europa hacen honor a esa descripción.

Su carrera como músico se inició a principios de 90, al frente de la mítica banda Fun People y, desde el 2000 lleva adelante su proyecto solista. En total son casi 25 años encendiendo la movida hacorepunk argentina. Aunque Rodríguez prefiere no encasillarse en solo estilo o movida: “la música es una sola –explica-, en todo caso si tengo que etiquetar lo que hago le llamaría ‘barullo multicolor’”.

Ahora anda presentando su último trabajo “Demasiado en fiestas, sin timón y con el mono al hombro”. El disco es una recopilación de long plays, maxis y singles editados desde 2003 y que sólo se conseguían en los conciertos. Para realizar esta entrevista, LA GACETA tuvo que conseguir los cuatro teléfonos en los cuáles se podía localizar al artista según el día de gira en que se lo contactase: uno de Santiago, donde estuvo el miércoles, otro de Jujuy, donde estuvo el jueves; otro de Salta, día viernes y un cuarto perteneciente al músico Rolo Marín, organizador del concierto que se realizó ayr a la madrugada en Tucumán.

Miércoles, primer intento: sin éxito.

Jueves: el organizador del recital en Jujuy atiende el teléfono y se lo pasa al protagonista. Este confiesa que sus giras son como vacaciones, algo que disfruta mucho. Habla del “barullo multicolor” y sostiene que “a la música le ponen nombres los que la venden”. La señal se pierde, la llamada se corta y ese teléfono nunca más volverá a ser atendido.

Viernes, pasado el mediodía, BBK atiende el teléfono con característica salteña. La señal es mejor, pero hay que ser breve porque está cansado. El artista cuenta cómo nació su amor por la música: “empecé desde niño –recuerda-. El tocadiscos era el aparato más preciado de la casa. Me gustaba cantar arriba de las canciones con mi hermano. Yo sentía que me hacía muy bien cantar y gritar. Cuando andaba medio enloquecido me guardaba en mi cuarto para hacer mi ‘gritoterapia’, como yo le llamaba”.

Cuenta cómo nació su amor por los viajes: “me encantan. Yo era de moverme mucho de niño. Me subía a los trenes y me iba de un lado a otro. Y siempre tenía comunicación con gente de diferentes países para conseguir material de bandas underground que no podías encontrar en las disquerías.

Desde el comienzo de su carrera, BBK trabaja de manera personal: edita sus discos, los distribuye y organiza sus giras. “La autogestión te da libertad”, afirma. El motor para este esfuerzo no es el dinero, lo son las ansias de libertad y de amor y el cuidado del medio ambiente. Yo tengo cosas que quiero comunicar, por eso hago canciones y salgo a recorrer la carretera”.

Sábado (mejor dicho, domingo a la madrugada): Boom Boom Kid se sube al escenario de esa cancha de rock llamada Robert Nesta. El público se sube a la ruta que propone este viajero. Y todo es barullo, gritoterapia y color.