Dice que sus padres nunca le pegaron, pero reconoce que quizás sus hermanas sí hayan recibido en el pasado algún chirlo correctivo. María Eugenia Lorenzetti, tiene 36 años y dos hijos (Bianca, de 7 años, y de Matías, de 4), y opina que cuando se habla de reprender a lo hijos uno hace lo que siente y no hace lo que le enseñaron sus predecesores. No le sale pegar, asegura, porque le dolería más a ella.
“El golpe es una descarga y un desborde del adulto, que golpeando no transmite un aprendizaje. Sin embargo, no pegar no significa no poner límites con firmeza”, resalta.
Su fórmula, reconoce “Maru”, requiere de más paciencia, pero ella está convencida de que es mucho más eficiente: “los llevo a su cuarto, conversamos, a veces levanto un poco la voz y hasta los sanciono con -por ejemplo- no mirar TV por unas horas, o no salir a un lugar que les gusta. El más chico no entiende mucho; pero Bianca sí puede reflexionar y entender cuál fue su error, la consecuencia de lo que hizo”.
El riesgo de perderlos
La paciencia y la delicadeza posiblemente se hayan fortalecido el año pasado, reflexiona. “Estuve en coma una semana e internada en Buenos Aires dos meses. Cuando pensaba en mis hijos lograba sentirme mejor. Ellos me sacaron. Entonces, cuando me enojo por algo que hacen, pienso en lo feo que sería no tenerlos” cuenta agradecida.