Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… ¡siete! El uno se escucha bajito, como un susurro. Después la hinchada va levantando el volumen, hasta que el siete es un estallido. Un petardo que explota en la cara de los brasileños. Como si los goles de Alemania no hubieran sido suficiente castigo, a los anfitriones también les toca soportar las cargadas. Y la masa albiceleste se encarnizó con la desgracia ajena, al punto de improvisar un cantito con la melodía de la “Marcha fúnebre”, de Chopin: “Pobre Brasil, se despide del Mundial…”

Hay que tener temple para ser brasileño y cruzar la inmensa estación de subte Itaquera-Corinthians. Pero no les queda otra si se dirigen al estadio o si pretenden sumergirse en el shopping aledaño. Así que el concierto sigue: “adónde están, adónde están, los brasileños que nos iban a ganar”; “ssshhhhhh… ¡Un minuto de silencio, para Brasil que está muerto!”; y el nada fino “mirá mirá mirá, sacale una foto, se van a la favela con el c… roto”. Después, por supuesto, el himno argentino del Mundial 2014: “Brasil, decime qué se siente…”

Entreverados en la batahola feliz andan los primos tucumanos Augusto y José de Chazal. Su cruzada es la misma de cientos y cientos de hinchas. ¡Por Dios!, ¿dónde hay una entrada?, se preguntan todos. La credencial de prensa despierta envidia. “¿Puedo conseguir una?”, pregunta un rosarino. Al salteño Ariel Rodas -camiseta de Gimnasia y Tiro, cara pintada, peluca dorada, un personaje- le pidieron 2.000 dólares por un ticket. Es el valor de mercado (negro) al mediodía, cuando la cuenta regresiva a la semifinal corre como Forrest Gump para los que pugnan por la preciada localidad.

El que está resignado a mirar Argentina-Holanda desde una pantalla es Fernando Capetta. Uniformado con la albirroja de La Ciudadela, explica que el bolsillo no le da para pagar tamaño precio. Pero tiene un as, mejor dicho una bandera, en la manga. La despliega y remite a su amor por San Martín. Allí, a metros de Itaquera y de las atajadas de Romero. “En realidad la hizo mi hermano, Nicolás”, confiesa Fernando. Él llegó a San Pablo junto a sus amigos, Tobías y Marcelo Herrera (padre e hijo). “¿Y ellos dónde están?” “Por ahí, con este lío de gente…”

Se corre la voz de que en el shopping están los revendedores y hacia allí parte la jauría. La Policía marca de cerca a los mafiosos, así que es posible encontrarlos en los lugares más insólitos. Como el mostrador de una boutique, por ejemplo. En lugar de lencería, salen tickets para el Arena Corinthians. Insólito, pero en un Mundial pasa de todo. Desde lejos, en un patio y mientras se acerca el momento de la apertura de los portones, Hernán Cabot y Álvaro Leito brindan con una Brahma y posan para LA GACETA con el pulgar en alto. Ellos esperan que con el correr de las horas algunos brasileños desencantados decidan vender sus entradas y los valores resulten mucho más razonables.

Las tribunas representan otro universo. Afuera quedaron los hinchas que soñaron hasta último momento con la oferta salvadora. Adentro se va armando la fiesta, bajo la llovizna pertinaz, atajada en parte con los pilotos descartables que se vendían en la puerta. No hay decenas de miles como en instancias previas de la Copa, pero son muchos los argentinos. Dispersos por los cuatro costados, juramentados a gritar hasta la extenuación. Pero nadie puede cansarse de festejar.

A las 16.42 en punto aparece en una cabecera el “trapo” de la más pura tucumanidad. “Simoca presente”, se lee, pero no hay tiempo ni de sacarle una foto. Las reglas son inflexibles en la Copa y la exhibición de banderas está prohibida. La enrrollan rápido, pero la identificación fue un éxito. Instantes después, la música atronadora de AC/DC es el preludio de que los equipos se vienen a la cancha. Los jugadores argentinos llevan el luto y antes de la pitada inicial se realiza el minuto de silencio en memoria de Alfredo Di Stéfano. Aplausos para el inigualable Alfredo.

“¡El que no salta es de Brasil!”, atrona la barra. Los locales, cortos de repertorio, sólo retrucan con el “¡pentacampeón!” y “mil gols, mil gols”, el estribillo que homenajea a Pelé y recuerda que “¡Maradona se drogó!” Pero este no es el Mundial de Brasil, ni siquiera tendrán el dulce de poder ganarle a Argentina el duelo por el tercer puesto. Entonces apenas les quedó prenderse con el “¡Holland, Holland”, de los “naranjas”, que son simpáticos, coloridos y carecen de creatividad para inventar alguna frase ingeniosa. Al menos en lo que al fútbol se refiere.

Cae la lluvia y la hinchada informa que, en realidad, son las lágrimas de Brasil. A esa herida le costará horrores cicatrizar, y mucho más con el cuchillo argentino penetrando una y otra vez. Hasta que se declara inaugurado el capítulo del sufrimiento, porque los 120’ de juego ya son historia y hay que definir por penales. Buen presagio: se elige el arco que concentra detrás una nutrida banda argentina. Romero se pasea por la cancha y todos lo miran, rogándole a la distancia que beba en la fuente de Goycochea y nos regale vida eterna. O al menos hasta el domingo. Y Romero hace su trabajo, mientras cada hincha ruge.

Se fue la tarde en Itaquera, sigue lloviendo y el espíritu albiceleste es amo y señor de San Pablo. Se copan los bares, se repiten los brindis en cada cena, la Avenida Paulista cambió de dueño. Y en el estadio, hasta muy tarde, los felices rezagados cuentan: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, ¡siete!