No sólo es la tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos. Es también el legado de las generaciones que soñaron con un destino de progreso y grandeza de un país y dieron su esfuerzo y hasta la vida. “La patria es el sentimiento de libertad, capaz de transformar en héroes a los ciudadanos más simples”, afirmaba Manuel Belgrano.
Hoy se recuerdan 198 años de la Declaración de la Independencia. El 9 de julio de 1816 fue el punto de partida de un largo proceso que incluyó una guerra civil, para llegar a constituirnos finalmente como una nación. Ese día, en la casa de Francisca Bazán de Laguna, el secretario del Congreso de Tucumán, Juan José Paso, les preguntó a los congresistas si querían que las Provincias de la Unión fuesen una nación libre e independiente de los reyes de España y su metrópoli. Los 29 diputados aprobaron por aclamación y luego, de a uno, expresaron su voto afirmativo. Acto seguido, firmaron el Acta de la Independencia.
El 25 de Mayo y el 9 de Julio son las celebraciones más importantes de nuestro país. La primera porque fue el primer grito patriota para sacarse de encima el yugo español y la segunda porque se concretó la emancipación, aun a sabiendas de que no sería fácil derrotar y expulsar al invasor de nuestra tierra.
Desde 1991, por decreto presidencial de Carlos Menem, San Miguel de Tucumán se convierte todos los 9 de julio en la capital de la Argentina. En los últimos tiempos, la recordación dejó de ser una fiesta popular en la que participaba toda la ciudadanía para transformarse en un acto partidario, copado por los seguidores del gobierno, en el marco de un gran despliegue de las fuerzas de seguridad.
En estos días, con los triunfos de la selección nacional en el Mundial de Fútbol de Brasil, el fervor patriótico parece haber despertado en los tucumanos, que tras cada victoria, poblaron la plaza Independencia con banderas, gorros albicelestes y cánticos exaltando nuestra condición de argentinos. Una pasión inusitada que no suele percibirse en las fechas patrias.
A menudo se ha dicho -no sin razón- que los argentinos somos patriotas de la boca para afuera. Una justa deportiva es simplemente eso, se puede ganar, perder o empatar, pero no está en juego la nacionalidad ni tampoco el destino de un país. Es un juego, de manera que no se es ni más ni menos argentino si se vence o no.
Sería positivo si ese desborde argentinidad que hemos visto en estas semanas desde que empezó el Mundial, se viera reflejado no sólo en las fechas patrias, sino también en una actitud de compromiso en la construcción diaria de un destino colectivo.
Ser patriota no significa únicamente defender con coraje nuestra tierra del invasor, sino también esforzarse por ser buen estudiante, por ser un trabajador eficiente, por desempeñar cualquier profesión u oficio que se elija con vocación de servicio, por honrar los cargos públicos con capacidad y decencia. Se ejerce el patriotismo cuando se es solidario, cuando dejamos de criticar en los demás aquello que no hacemos y ni siquiera intentamos, y cuando actuamos, involucrándonos en algún proyecto social. “La patria necesita sacrificios. Es ara y no pedestal. Se la sirve, pero no se la toma para servirse de ella”, afirmaba José Martí.