Su nombre figura en los libros de historia del arte: fue un pionero del cinetismo y arte óptico no solo en el país, sino a nivel internacional, y durante los años 60, fue uno de los grandes animadores del Instituto di Tella y de la experimentación vanguardista. Rogelio Polesello falleció el domingo a la noche, y con él se fue una gran parte de la vanguardia argentina.
Nacido en esta ciudad el 26 de julio de 1939, fue pionero en la elección del soporte cuando la industria nacional ponía sobre la mesa del artista materiales inesperados como el plexiglás y el acrílico.
Desde sus tempranas puertas de acrílico, asociadas por él mismo con los juegos infantiles de la mirada a través de un monóculo de vidrio, demostró una innata capacidad para experimentar con materiales inéditos y para recorrer los caminos del arte siguiendo su propia hoja de ruta.
En los últimos años, la revalorización de la abstracción y del arte óptico, a partir del furor internacional de los venezolanos Jesús Soto y Cruz Diez, colocaron sus trabajos de los sesenta en la cima de las aspiraciones del coleccionismo. Los acrílicos estupendos y esas telas monocromáticas definidas por personales grafismos eran celebrados, buscados y cotizados cada vez que reaparecían en muestras y subastas.
Esta afirmación se vio confirmada en la feria de arteBA, en 2012, cuando sus obras se transformaron en la gran atracción en Palermo.
A pesar de su fama, Polesello era humilde y se interesaba por el trabajo de los más jóvenes. Lo recuerdo en una sala del Fondo Nacional de las Artes, en 2007, cuando se acercó a ver las obras del tucumano Javier Juárez, y a saludar. Un gesto, poco común.