El último día de junio de 2014, a miles de kilómetros de Tucumán, Atlético y San Martín fueron uno. El universo que parece separarlos en el pago chico se deshace como polvo de estrellas por obra y gracia de la distancia, de la nostalgia, de la tucumanidad que les brota a Matías Santos Nassif y a Alejandro Saccomani cuando se abrazan a la sombra de un gigante como el estadio Arena Corinthians. Si un Mundial es capaz de integrar a “santos” y “decanos”, de condensarlos en manos que se elevan y en una Copa de fantasía que brilla al sol, bendito sea el Mundial.

Tanta rivalidad, tanto folclore malentendido y derivado en encono, son una anécdota en San Pablo. A Matías y a Alejandro los colores no los separan, apenas los identifican. Están en Brasil porque ver a la Selección es más que un sueño, y nada menos que en los octavos de final del Mundial de Messi. Entonces hay una albiceleste y una albirroja que se unen en el salto, en el canto y en el anhelo: ¡Argentina campeón! ¡Y vamos Tucumán!

Detrás de la foto y de todo lo que significa hay una historia, marcada por un hecho dramático que conmueve a Matías cada vez que le toca narrarlo. Su papá, Ricardo, murió de un infarto mientras veía un partido de los “decanos”. Fue el 9 de mayo pasado, cuando Atlético recibió a Sarmiento de Junín. Ricardo era jefe de Recursos Financieros en el Instituto de la Vivienda y el episodio fue un mazazo para la familia.

“La verdad es que no tenía ánimo para viajar, se me habían ido las ganas”, confiesa Matías, empleado del banco HSBC. “Más allá de que el viaje estaba pagado, fue la insistencia de mi familia la que me impulsó a venir”, agrega. “Pero, sobre todo, este viaje es un homenaje a Ricardo”, resalta Alejandro, empleado de Coca Cola. A Matías le cuesta hablar y por eso levanta la Copa. Alejandro lo acompaña. Son gestos que lo dicen todo.

La foto se dispara mientras los protagonistas se toman un descanso, abrumados de tanto admirar el coloso del barrio Itaquera. Otros tucumanos se les unen. Nadie habla de la dicotomía San Martín-Atlético, simplemente porque ha dejado de existir. Al menos antes y durante el Argentina-Suiza de hoy. Posiblemente, gracias al esfuerzo de Matías y de Alejandro, en el futuro el fútbol pueda empezar a mirarse de otra manera. Y posiblemente la tristeza de Matías le haga un lugarcito a la pasión futbolera. Ricardo, a no dudarlo, estará a su lado.

La banda a pleno

¿De dónde salen tantos tucumanos? Se reproducen incesantemente en Brasil. Por cada uno que emprende la vuelta hay otro decidido a tomar su lugar. Llegan desde todas partes, incansables, felices, arrolladores en su expresividad. Junto a Matías y a Alejandro se presenta Leonardo Federici, quien hizo un alto en su trabajo en una casa de cambio para aterrizar en San Pablo. Para una de las fotos se agrega Jorge Sir, árbitro de la Liga Tucumana de Fútbol. “Soy de Villa 9 de Julio. Dirigí Quinta, Sexta, inferiores e infantiles”, resalta. Y para corroborarlo, exhibe su carnet. Jorge viajó junto a Mario Gramajo, un personaje de anteojos oscuros y camiseta de Milán que se enciende cada vez que hay una cámara de TV rondando.

Una bandera dice Villa Quinteros. Desde allí llegaron los hermanos José y Eduardo Celis, quienes no son ningunos improvisados en esta aventura del fútbol. José es el presidente de San Ramón (“el club que más creció en Tucumán durante la última década”, afirma) y Eduardo fue su predecesor en el cargo. La dirigencia de su San Ramón querido se agita en la sangre de los Celis, porque tomaron la posta de su papá. La familia lleva 12 años aferrada al timón de la institución. Orgullosos, posan con una camiseta del equipo. “La locura es que al viaje lo planeamos el viernes pasado a la tarde, mientras tomábamos un café”, revela Jorge Pérez, compañero de excursión.

Santiago Sosa López (contador), Marcelo Sassi (ingeniero), Félix Schujman (agente inmobiliario) y Franco Yanotti (periodista) deambulan despreocupados por el centro de San Pablo. Un poco turistas, un poco fanáticos con la albiceleste al viento, buscan lo mismo que miles de compatriotas: entradas. “Están pidiendo más de 1.000 dólares. Vamos a ir al estadio a ver qué se consigue antes del partido”, explica Franco. Ya hay dos tickets en el seno del grupo, faltan dos.

“¡Yo fui compañero de Rodrigo Contreras en la Escuela Mitre!”, se presenta Franco Vega. Su hermano mellizo, Martín, y Nicolás Nieto lo ayudan a sostener el “trapo” con el Tucumán bien grande que trazaron para marcar territorio. Contreras está con el grupo de “sparrings” de la Selección y los Vega harán lo posible para saludarlo. “Por favor poné que agradecemos a nuestras familias por el viaje”, pide Nicolás. Deseo cumplido.

El personaje particular en la puerta del Fan Fest paulista es Cristian Santillán. Luce la albirroja de San Martín y cuenta que se mantiene desde hace 20 días en San Pablo. “Fui a ver el partido con Irán en Belo Horizonte, pero ahora está difícil”, explica Cristian, y de paso manda un saludo para sus amigos del barrio Elena White. “Soy artesano y traje cosas para vender, pero la Policía no te deja. En el acto te secuestran toda la mercadería -se queja-. Y si no, te la roban en la calle”. Cristian se despide y al rato se lo verá brindando con una misteriosa botella amarilla de plástico. Desde ahí saluda, con el pulgar en alto.