Carlos Duguech
Analista internacional
Podría, quien esto escribe, hablar del atentado que costó la vida del archiduque Francisco Fernando de Austria, heredero de la corona imperial austrohúngara, y la de su esposa, la condesa Sofía, mientras se dirigían en un automóvil descubierto por las calles de Sarajevo el 28 de junio de 1914. Fueron alcanzados por sendos disparos de un integrante de la organización terrorista que aspiraba por todos los medios a la conformación de la Gran Serbia, profundizando así los efectos separatistas respecto de las provincias eslavas del sur. Podría señalar que esa Primera Guerra Mundial (IGM) por la magnitud que alcanzaba y por los numerosos países que intervinieron en ella y por las víctimas y la destrucción que iba generando llevó a que se la bautizara como la “Gran Guerra”. Una denominación que prevaleció hasta que en 1939 se inicia el sexenio más destructivo, más ominoso, del que tenga memoria la Humanidad: la Segunda Guerra Mundial (IIGM). Incluidos el Holocausto, no tanto como consecuencia guerrera sino como la de una “industrialización de la matanza”, expresión horrorosa e Hiroshima y Nagasaki. La IIGM Borró de cuajo el nombre de “Gran Guerra”. Volviendo a Sarajevo, mojón de sangre que marcó el destino de Europa y de muchos países involucrados (nunca antes se había producido una conflagración mundial), podría traer a la memoria el segundo protagonismo de esa ciudad, llamada la “Jerusalén de Europa”, por la diversidad religiosa en sana convivencia. Cuando la ex Yugoslavia (la república socialista del mariscal Tito, con independencia del manejo de la URSS) se desintegra, Sarajevo pasa a ser la capital de la República de Bosnia y Herzegovina, independiente. Desde 1992. Allí otra chispa enciende el fuego guerrero entre los principales nacionalismos que se mantenían cohesionados por la fuerte gestión del conductor de Yugoslavia. Una guerra que se estiró hasta 1995 hasta que le pusieron fin los Acuerdos de Dayton (EEUU) que involucraban a serbios, croatas y bosnios. Podría quedar todo ahí y estaría casi todo. No obstante, quien suscribe este artículo intentó definir el protagonismo y padecimiento de Sarajevo en un soneto, tal como se publicó en LA GACETA LITERARIA. Y piensa que puede ser apropiado, ahora, para completar la columna.