Va siendo tiempo de ser sinceros. Está bien que la pasión futbolera sea el sello de esta Argentina repleta de contrastes. Pero… cimentar nuestro patriotismo en los devaneos cardíacos del esférico ¿no será demasiado? Porque ya está pasando de castaño a oscuro esta suerte de embate propagandístico que surge cada vez que uno enciende el televisor o sale a la calle. Y no es una exageración. Hoy es casi imposible quedar al margen de semejante vendaval futbolero. A toda hora se respira fútbol con sabor a Mundial y se escucha -sin el menor decoro- esa particular forma de cantar el himno con sonidos guturales propios de tribus arcaicas, modalidad que se ha colado hasta en las escuelas. No está mal que suceda. Lo que molesta es que se haga de manera tan desmesurada. Porque en medio del tifón mundialista nos tratan de vender plasmas, tarjetas, viajes, hamburguesas y hasta pañales envueltos en papel celeste y blanco con el solo afán de instalar un pretendido patriotismo mundialista.

Ahora bien… ¿qué tiene que ver un pañal bicolor con nuestro patriotismo? ¿Por qué se funde al fútbol con la patria? Una de las publicidades reiteradas hasta la demencia dice: “Mundial, nada más existe”. ¿En verdad no existe nada más? ¿En serio creemos eso? ¿Acaso no existe entre nosotros una pobreza que crece sin pudor? ¿O jubilados que cobran migajas mientras un fiscal consigue un retiro de privilegio? ¿No existe una universidad paralizada por las protestas docentes? ¿Seguro que no existen la inflación, la violencia, el desempleo y el alienante impuesto a las Ganancias? ¿No existe un vicepresidente investigado en varias causas de corrupción? ¡Claro que existen!... pero no se ven. Y no se verán durante todo el Mundial. Sin embargo, nuestra realidad es otra. Y, por lógica, nuestro patriotismo debería también ser distinto: un poco más profundo tal vez; y menos triunfalista. Porque el fútbol nunca ha sacado a nuestro país de los constantes infiernos que le tocó transitar. Ni siquiera aquel campeonato del 78, que fue aprovechado para esconder esa realidad oscura que golpeaba a nuestra sociedad. O el del 86, con esa impronta revanchista que aún hoy nos llena de orgullo. El triunfo da esperanza, sí; nos hace volar, pero no nos ayuda a salir del fango. En Brasil, algunos grupos sociales se han dado cuenta de esto y por eso las protestas se multiplican. “Brasil, ¡despierta!: mil profesores ganan menos que Neymar”, dicen las pancartas. Nosotros, a pesar de esa escandalosa y costosa invención de Fútbol para Todos y del descarado uso oficial de la Selección, estamos curtidos en esas maniobras grotescas de manipulación de masas. Por eso nos dejamos llevar.

Que no se malinterprete: es maravilloso poder vivir el mundial. Disfrutar un partido junto a la familia o a los amigos es una experiencia que ninguno debería perderse. Pero confundir pasión futbolera con amor por la patria es tan ridículo como desafortunado. Porque las banderas que flameaban el viernes pasado por toda la ciudad no eran precisamente en homenaje a Belgrano sino en apoyo adelantado a ese partido agónico que jugó la selección el sábado y que ratificó que, con un poco de suerte, tranquilamente se puede ganar el Mundial. Aquí vuelve a fallar nuestra memoria. “La patria es educación y práctica. No será nunca triunfo, sino agonía y deber”, decía José Martí. Y lo ratificaba Manuel Belgrano. “La patria es un valor y, por lo tanto, es espíritu”. Entonces, si la Selección triunfa en Brasil, tal vez puedan regalarnos orgullo colectivo. Pero la victoria no será exclusivamente filantrópica. Además de los sentimientos que despierta el Mundial, estamos hablando ante todo de un negocio fabuloso. Y los patriotas de la selección argentina cobrarán cifras millonarias si ganan. Esa es una razón poderosa para anhelar el triunfo ¿o no? Por eso... ¿no será mejor cortar un poco con ese escándalo futbolero revestido de sentimiento patrio para empezar a hacer patria en serio?