Es algo que me pasa en varias ocasiones y en tiempos de modernidad. La cautela se acentúa con cada año que pasa. Y uno de los casos en los que se presenta es al conocer a nuevas personas. No se trata de noveles relaciones sentimentales, sino de reconocer si realmente queremos saber que existen otras personas fuera de nuestro “mundo” y si se puede llegar a comprender al otro sin importar las malas experiencias.

Leí en revistas y sitios web de consejos y escuché a terceros decir que relacionarse con el otro depende de una actitud positiva y que puede darse en distintos ámbitos, en especial, cuando se renuevan los lugares donde se concurre. Es así: conocer a alguien puede darse en cualquier momento. No se calcula ni se proyecta. Por ello, el carácter individual será una condición base.

Soy de los que creen que el tiempo amolda la personalidad y la madurez enseña a mirar más allá de la primera sensación. También creo que el hombre bueno no triunfa en la vida todos los días, pero un momento de satisfacción puede fundamentar y dignificar la decisión de elegir esa forma de ser. Así, las buenas intenciones llevan a tener esa mirada positiva de la que se habla, incluso en situaciones difíciles, como la desilusión.

Ser valiente es otra circunstancia, que te lleva a elegir, aun cuando se trate de decisiones que no agraden o sean difíciles.

La confianza se gana y se cuida. No reclama intereses.

Las segundas oportunidades no se niegan, pero la duda es algo que no puede obviarse.

Las historias personales también marcan.

Todo ello son méritos de la personalidad a la hora de conocer y abrirse a las situaciones. Aunque no son los únicos, porque nada está escrito. Forman el cimiento para saber y decidir sin cautela ni miedo. De “preferir y postergar”, como algún filósofo ha postulado.