¿Las mías?

Estaba algo ansiosa cuando me propusieron aprender técnicas de reanimación cardiopulmonar. Nunca antes, hasta que hice el curso, me había preguntado qué haría si voy caminando por la calle y, de repente, encuentro a alguien tendido en el suelo, inconsciente.

- ¿Buscaría ayuda, un taxi o alguien para llevarlo hasta un hospital?

- ¿Llamaría una ambulancia y no haría nada más?; no soy médica.

Fueron las dos ideas que vinieron a mi mente. Ideas que no servirían de mucho. Las estadísticas que nos presentó la Dirección de Emergencias en el curso indican que por cada minuto que un paciente que sufrió un paro cardiorespiratorio pasa sin atención se reduce un 10% su chance de sobrevida. Y al cabo de 10 minutos las esperanzas se desvanecen.

Ahora sé que se puede hacer mucho más. Que sin ser un experto se puede ayudar a una persona a sobrevivir. Hay que perder el miedo. Hay que actuar rápido. Y arriesgarse. Las prácticas de reanimación con los maniquíes que usan los médicos son de gran ayuda.

Los pasos son pocos, muy precisos: ante una persona que cae desvanecida, primero se debe chequear si está consciente. Hay que llamarla y sacudirla. Si no te contesta, gritá, pedí ayuda. Encargale a alguien que llame al 107, que aclare que hay una víctima que ha perdido el conocimiento (eso es código rojo en emergencia). Mientras tanto, hay que arrodillarse frente al paciente. Se debe apoyar el talón de una mano sobre el centro del pecho y la otra mano encima, con los dedos entrelazados. E iniciar las compresiones sobre el tórax. Hay que estirar los brazos y comprimir fuerte y rápido. 30 veces. Alternar con dos respiraciones boca a boca. Y esperar así que llegue la ambulancia.

Parece agotador. Pero debe ser una recompensa enorme devolverle la vida a alguien que estaba al borde de la muerte.

Fuera de los hospitales se produce el 70% de las muertes súbitas y los paros cardiorespiratorios. Entonces, sí o sí se necesita que más personas se capaciten en técnicas de reanimación cardiopulmonar y que hayan desfibriladores externos automáticos en lugares públicos (hasta ahora sólo unas pocas empresas privadas los tienen en la provincia).

Puede sonar pretensioso. Si las enfermedades cardiovasculares son la principal causa de muerte, entonces no es algo tan ambicioso. Un corazón en jaque necesita de otro corazón solidario. El de las autoridades. El tuyo. El mío. Nosotros, los ciudadanos comunes, no necesitamos más que invertir un poco de nuestro tiempo para aprender las maniobras. Tus manos pueden salvar vidas. Las mías también. Creelo.