La corrupción mata más que la pobreza, sostiene una máxima muy repetida en política. En la mayoría de los accidentes de tránsito está presente la corrupción, en sus decenas de formas: violación a las normas, falta de señalizaciones, calles y rutas destrozadas, vehículos en mal estado, controles ineficientes, coimas…
La inseguridad también está contaminada por la corrupción, tanto que hoy es casi la madre del borrego. La presidenta recientemente dijo que la principal causa de la inseguridad es la exclusión, estigmatizando a la pobreza de manera lamentable, como si no hubiera delincuentes que no son pobres e incluso millonarios, además de incurrir en una de sus tantas contradicciones: ¿cómo es que en “la década ganada” se baten todos los récords de inseguridad?; ¿Es que acaso no hay menos exclusión?
La corrupción está en franca “asociación ilícita” con la inseguridad en la Policía, en la Justicia y en el poder político. La corrupción mata gente por mala praxis en la medicina, en la ingeniería, en la responsabilidad empresaria, en la industria y en los controles alimenticios, en la farmacología, en la agroquímica, en el medio ambiente…
La corrupción multiplica la pobreza y concentra la riqueza. Pudre el espíritu de los hombres, los degenera, incluso en las iglesias, en las escuelas, en el deporte…
A Antonio Bussi no le importó que lo condenaran por genocida, pero lloró como una niña cuando en 1998 le descubrieron una cuenta en Suiza, después de que un año antes respondiera “es un disparate”, cuando se le consultó sobre esta acusación.
El partido de la “fuerza moral de los tucumanos” podía soportar las torturas, las violaciones a mujeres embarazadas y los asesinatos, pero no la corrupción. Fue el principio del fin de una fuerza que creció al amparo de la impunidad y los indultos, es decir, de la corrupción.
Esta semana ocurrió en las entrañas de la Universidad Nacional de Tucumán un hecho de corrupción deleznable, aunque esto sea redundante. Este diario publicó el 16 de abril en su edición digital un sondeo de opinión no científico preguntando: “¿Quién cree que ganará las elecciones en la UNT?”. Primero hubo que eliminar el 50% de los comentarios (que los lectores pueden dejar al pie de las encuestas), porque se detectó que estaban realizados desde cuentas falsas. Luego, directamente tuvo que retirarse la consulta porque se descubrió que se manipularon los votos, aprovechando huecos de vulnerabilidad en el sistema.
El Departamento Técnico confirmó que se habían logrado introducir cientos de votos ilegales para dos candidatos a rector: Alicia Bardón y Mateo Martínez.
Salvo por un comunicado en que el decano de Medicina deploró lo ocurrido, en el resto de la comunidad universitaria no hubo la más mínima reacción. Más aún, sólo dos días después incluyeron a una candidata falsa en una lista de la Facultad de Artes.
La corrupción está enquistada en los claustros universitarios desde hace muchos años. El reparto de cargos, ascensos y favores previo a cada elección está tan naturalizado que nadie se sorprende, que pocos repudian y que la mayoría celebra o espera.
En la campaña de 2010 hasta filmaron a un funcionario universitario ofreciendo cargos. Muchos se rasgaron públicamente las vestiduras por lo ocurrido, pero en privado se reían y se burlaban porque el zoquete se había dejado atrapar.
De estas aulas de la “excelencia académica” surgen luego los médicos de la mala praxis, los ingenieros del sobreprecio, los empresarios de la evasión, los jueces del soborno, los políticos de la corrupción. Si la cabeza de esta sociedad está podrida, qué podemos esperar del coimero de poca monta, del asesino que cruza en rojo, del ventajista todo terreno. Si el problema, coinciden todos los expertos, es básicamente falta de educación, entonces bajemos las persianas porque nos están enseñando a robar.