Por Dolores Caviglia - Para LA GACETA - Santos Lugares

Un pasillo angosto de baldosas blancas y negras intercaladas, una medianera rojo oscuro, un jardín repleto de plantas muy verdes adornado por una rueda de carreta, y una fila larga, expectante, y llena de voces que cuentan historias, anécdotas, versiones de uno de los escritores más importantes del país: “Yo lo conocí porque soy amigo de su hijo, el cineasta”; “yo escuché muchas historias sobre él porque era amigo de mi padre”; “este hombre era un emblema”; “sus hijos no heredaron su humor, por suerte”, “era muy amigo de los Fabulosos Cadillacs”.

La casa de Ernesto Sabato, en Santos Lugares –partido de Tres de Febrero-, se volvió a llenar de gente, como en las viejas y buenas épocas, el pasado 29 de marzo cuando fue reinaugurada como parte de un proyecto más grande; y consiguió alcanzar una atmósfera especial, distinta, que introduce al visitante en una realidad paralela en la que resulta imposible esquivar las imágenes del pasado y no dejarse invadir la cabeza con preguntas como: ¿Habrá tocado este picaporte? ¿Será esta la misma baranda de la que se agarraba cuando quería subir las escaleras? ¿Cuánto tiempo habrá mirado la estatua Ceres de Parque Lezama desde la ventana de su escritorio? ¿Son estas las teclas originales de la máquina de escribir que tanto usaba?

Su hijo Mario, director de cine, fue quien encabezó toda esta iniciativa, y asegura que lo hizo por dos razones: porque sabía que era lo que su padre quería; y porque se lo debía a la sociedad. “Que la casa estuviera abierta al público era el deseo de mi padre, me lo dijo, escribió sobre ello; luego, cuando murió y vi lo que pasaba con la gente, me di cuenta que ya no era un compromiso personal sino público”, asegura antes de recordar lo trabajosa que fue la restauración, lo puntilloso que fueron ellos, y lo devastada que estaba la casa cuando se pusieron manos a la obra: “La construcción estaba en un estado calamitoso. Se empezó a enfermar en 1992, cuando se enfermó mi madre, que era el alma del hogar; y fue acompañada por la larga agonía de mi padre. Fue un proceso simbiótico de mis padres con la casa. Cuando comenzamos, tuvimos que cambiar techos, paredes, todas las cañerías y los pisos”.

Ernesto Sabato llegó a Santos Lugares por culpa de don Federico Valle, uno de los pioneros del cine nacional, a quien le alquiló un pequeño rancho en Córdoba para escribir Uno y el Universo. Cuando terminó el libro, meses después, él y su mujer, Matilde Richter, se dieron cuenta que ya no querían vivir en el departamento que tenían en la ciudad de Buenos Aires. Entonces, Valle les ofreció mudarse a su casa de Tres de Febrero junto a él, que vivía en el subsuelo. Ernesto llegó y sintió que ese iba a ser su lugar en el mundo.

Hoy, gracias a las fotos y a la memoria familiar, la casa de Severino Langeri 3135 quedó tal como estaba en la década de los 80, época que los descendientes del autor de Sobre héroes y tumbas eligieron para mostrar, por haber sido el tiempo de mayor alegría y creatividad; los años de las interminables visitas de intelectuales, artistas, jóvenes consagrados y no, como los folcloristas Jaime Dávalos, Eduardo Falú y Mercedes Sosa; los pintores Antonio Berni, Carlos Alonso y Raúl Soldi; el staff de la revista El escarabajo de oro, dirigida por Abelardo Castillo. Allí están los mismos muebles, las mismas ventanas, los mismos libros y en el mismo orden. “Este era un lugar repleto de vitalidad y en donde mi padre no tenía ese gesto hosco que lo caracterizaba. De hecho, era una persona muy divertida en la intimidad”.

A futuro, lo que la familia Sabato quiere es poner en marcha un museo que se parezca lo menos posible a un museo. Que la casa se transforme en un lugar dinámico, que no tenga nada tras vitrinas, en donde haya conciertos al aire libre, actividades para la gente del barrio, excursiones para los chicos de las escuelas, y un archivo completo para los estudiosos: “Nuestra idea es que sea mi padre quien relate la visita. Vamos a poner pantallas donde él contará lo que se está viendo. Yo tengo mucho material filmado desde 1971 hasta 1990. Si bien en la película Ernesto Sabato, mi padre utilicé gran parte del material, aún queda mucho por mostrar”.

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