“He ahí lo que debía relatar en Bomarzo, pero no a través de los frescos efímeros de Jacopo del Duca, cuya posibilidad quedaría abandonada para siempre en el entrecruzamiento de los andamios, en una desierta galería del castillo, sino utilizando las rocas perennes del bosque. El bosque sería el Sacro Bosque de Bomarzo, el bosque de las alegorías, de los monstruos. Cada piedra encerraría un símbolo y, juntas, escalonadas en las elevaciones donde las habían arrojado y afirmado milenarios cataclismos, formarían el inmenso monumento arcano de Pier Francesco Orsini. Nadie, ningún pontífice, ningún emperador, tendría un monumento semejante. Mi pobre existencia se redimiría así, y yo la redimiría a ella, mudado en un ejemplo de gloria”. (“Bomarzo”, 1962)

Los honores a Gabriel García Márquez eclipsaron toda referencia al resto del universo literario. Por ejemplo, a los 30 años de la muerte de Manuel Mujica Láinez, cumplidos ayer. Será porque la obra de Mujica Láinez no figura entre las más leídas por estos tiempos. Las narrativas experimentales, los cambios en el lenguaje y la incursión en temáticas contemporáneas chocan contra el clacisismo de la prosa de Mujica Láinez. El suyo era un estilo depurado, bello y erudito que deslumbraba, por ejemplo a Julio Cortázar.

“Bomarzo” -la obra cumbre de Mujica Láinez- y “Rayuela” salieron casi en paralelo. Cortázar propuso que se editaran juntas, con el título de Ramarzo o Boyuela. Amanecía la década del 60, se venía el boom latinoamericano y los talentos argentinos afinaban el lápiz desde hacía largo rato. Pero, ¿formó parte Mujica Láinez del boom?

El amor de Mujica Láinez por Buenos Aires y el tratamiento con el que enfocó sus historias lo acercan al canon del boom. “Lo que me ha importado al escribir sobre Buenos Aires ha sido tratar de exaltarla, creándole los mitos de los cuales esa ciudad carece -explicó alguna vez-. La ciudad se nos escapa de entre las manos; se nos va hacia arriba y hacia la pampa. Por eso es menos nuestra. Quienes la habitaron antes de que diera el gran salto hacia las nubes y hacia el suburbio debieron quererla como a un animal doméstico, al cual se podía acariciar sin que huyera, espantadizo”.

Sobre el espíritu porteño volvió una y otra vez, por ejemplo desde el cuento (“Misteriosa Buenos Aires” se publicó en 1950), desde la poesía (“Canto a Buenos Aires”, 1943) o desde los textos para alimentar dos libros con fotos tomadas por Aldo Sessa (1977).

Mujica Láinez era descendiente de Juan de Garay. Se entiende entonces que su imaginación haya volado hacia la conquista, cuando las avanzadas españolas intentaban hacer pie frente al río marrón y los indios no daban tregua. Escribió en “El hambre”:

“Así han transcurrido varios días; muchos días. No los cuentan ya. Hoy no queda mendrugo que llevarse a la boca. Todo ha sido arrebatado, arrancado, triturado: las flacas raciones primero, luego la harina podrida, las ratas, las sabandijas inmundas, las botas hervidas cuyo cuero chuparon desesperadamente. Ahora jefes y soldados yacen doquier, junto a los fuegos débiles o arrimados a las estacas defensoras. Es difícil distinguir a los vivos de los muertos”.

También tenía sangre de periodista, heredada de los hermanos Juan Cruz y Florencio Varela, figuras emblemáticas de la prensa nacional en el siglo XIX. Tantas influencias alimentaron el enciclopedismo de Mujica Láinez y lo convirtieron en un narrador versátil y todoterreno.

Ejerció el periodismo en el diario La Nación, al tiempo que colaboraba en infinidad de medios argentinos y extranjeros. Su pasión por la historia lo llevó a escribir las biografías de Miguel Cané (de quien también era descendiente), Hilario Ascasubi (“Vida de Aniceto el Gallo”) y Estanislao Del Campo (“Vida de Anastasio el Pollo”). Tradujo a Shakespeare y a Racine.

Su novela total fue “Bomarzo”, apasionante pintura renacentista surgida de una visita que Mujica Láinez efectuó al asombroso parque construido por el príncipe Orsini en su palacio de Roma. El libro se convirtió en ópera, con música de Alberto Ginastera. La censuró el dictador Juan Carlos Onganía (“por el argumento de la pieza y su puesta en escena, reñidos con elementales principios morales en materia de pudor sexual”).

“La casa” retrató la gloria y el ocaso de la aristocracia argentina de fines del siglo XIX, mientras que “El unicornio” es una fantasía medieval tan barroca como irresistible. “El escarabajo”, en tanto, propone el viaje de una joya egipcia a lo largo de tres milenios. Semejante dispersión temática habla de una pluma inquieta, cultivada e imaginativa.

Vicente Lastra opina que no puede encastrarse a Mujica Láinez en ninguna corriente literaria. Ni anterior ni posterior al boom, y mucho menos como parte de esa revolución cultural. Considera a Mujica Láinez una isla elegante, florida y absolutamente imprescindible.

Murió el 21 de abril de 1984 en su estancia “El Paraíso”, de la localidad cordobesa de Cruz Chica. Tenía 73 años.