Cajas y cajas. Se mezclan con algunas bolsas, bolsos y carpetas. Pero abundan y reinan las cajas. Las hay pequeñas y algunas grandecitas. Sí, confieso que soy una “acumuladora”.

La revelación sobre ese aspecto de mi personalidad -no pienso asumirlo como defecto- vino después de dos episodios. El primero fue mediante ese programa nortearmericano que muestra las casas de los acopiadores compulsivos de objetos. Pilas hasta el techo de lo que se les ocurra, pisos que ceden por el peso y ratas y ratones por todos lados. Es un extremo, claro. “Así vas a terminar”. Sí, no faltó el comentario de algún familiar, precisamente, extremista. El segundo, no es específico, sino recurrente. Se trata de las expresiones de quienes entran en mi hogar. Siempre debo dar la misma explicación -que tiene una base cierta- de que aún no he encontrado los muebles que me gusten para ocultar lo que ahora está a la vista.

Siempre me he preguntado el porqué de esa manía imparable de guardar cosas. Encontré hace poco la respuesta: el miedo a olvidar y la necesidad de recordar ese temor.

Porque no es que uno acumule simple y desechable basura. Toda yo está ahí: las fotos (de cuando todavía se revelaban o imprimían), las cartas (de cuando se escribían en papel) y los recortes de las primeras -y bastante torpes- notas. También el diario íntimo de quinceañera, ese frasco de perfume casi vacío, los pasajes de aquel viaje y las entradas de esa función de cine especial.

Habrá quienes tengan la fortuna de recordar todo sin necesidad de los objetos. Y los otros, como yo, que necesitamos contener lo nuestro en cajas para verlo, tocarlo y hasta olerlo. Una de las maneras de conectarse con el pasado y con uno mismo.