Hay dos etapas en la vida en que cuesta decidir qué ponerse; entre los 10 y los 12 y entre los 48 y 50. Las clásicas preguntas eran: ¿esto es muy “de grande”? O por el contrario ¿no estoy vieja para esto? Claro que antes era más fácil vestirse: había ropa para chicos y para grandes. Ahora también, pero a la inversa: las nenas se visten como grandes (si usan plataformas y bikini, mejor) y las señoras con más de cuatro décadas, igual que si tuvieran dos. Entonces ¿qué me pongo?
Sé que el problema no es la moda. Es la “percha”. ¿Por qué no me visto como quiero y listo, como cuando estaba de vacaciones? Porque la juventud tiene eso de que todo te queda bien, pero no es el caso de la madurez. Un roto en el jean de una adolescente es moderno; lo mismo en el de una señora, es penoso. Si sos joven y estás despeinada, estás sensual; si sos mayor y estás despeinada, sos una vieja despeinada.
Cómico, pero real. Lo viejo tiene que estar bien presentable para que lo podamos aceptar. La cultura es cada vez más exigente. Las mujeres debemos hacer un verdadero acto de rebeldía si queremos envejecer, como lo hizo Brigitte Bardot (¡y qué bella era!). De lo contrario, estamos obligadas a teñirnos el pelo, usar cremas antiarrugas, pasar por el quirófano.
¿Qué hay detrás del “qué me pongo”? Nada más que la búsqueda de ese punto entre lo que me gusta a mí y lo socialmente aceptable.
Maldita edad. ¿Por qué las mujeres no podemos ser como el vino, que cuanto más añejo, mejor?
Pablo Neruda en su oda a la edad me habría contestado: “yo no creo en la edad. Todos los viejos llevan en los ojos un niño, y los niños a veces nos observan como ancianos profundos./ ¿Mediremos la vida por metros o kilómetros o meses? ¿Tanto desde que naces? ¿Cuánto debes andar hasta que como todos en vez de caminarla por encima descansemos debajo de la tierra? (...) Tiempo, (...) te proclamo camino y no mortaja. (...) Te enrollo, te deposito en mi caja silvestre y me voy a pescar con tu hilo largo los peces de la aurora!” ¡Sí...! Ya no me importa. Estoy más vieja y gorda que el año pasado. ¡Y qué...!