Cuando yo era chico, Arturo era invencible. No había fantasma que pudiera doblegarlo. Él lograba que dormir fuera una tarea tranquila y sin sobresaltos. Ponerlo sobre la mesita de luz era la diferencia entre despertarse espantado y descansar toda la noche de un tirón. Tener 3 años no es tarea fácil.
Funcionaba contra todo. Que el poderoso Arturo fuera un perro de peluche con una lengua roja de trapo no le quitaba fuerza. Pero una vez no hubo forma de que me salvara.
Una siesta de noviembre le insistí a mi hermana que aceptara jugar conmigo. El aburrimiento era total. “Si me traés las cartas que están en mi pieza, juego con vos”, me dijo. Sin chistar fui corriendo lo más silenciosamente posible a traer los naipes. “Listo: ¿ahora jugamos?”, fue mi esperanzada pregunta. “No, prefiero ponerme a jugar al solitario”, respondió. Una injuria. Negarse a jugar conmigo, el chico más divertido de la cuadra después de Matías, era un certero golpe al corazón. Sin dudarlo me vengué tomando un envase retornable de gaseosa (de los de plástico, ojo) y se lo tiré directamente a la cabeza. Emilia empezó a pegar alaridos. Fui corriendo a mi pieza y me escondí bajo la cama. Sentí los pasos de mis padres hacia el baño: se habían despertado por los gritos. Sentí el ruido de las llaves en la puerta de entrada. El llanto de mi hermana seguía. Saqué medio cuerpo y puse a Arturo a los pies de la cama. De nuevo ruidos en la puerta. “¿Conseguiste la gotita? ¿Estaba de turno?”, preguntó mi madre. En ese momento supe lo que era tiritar de miedo. La pregunta de mi padre rompió el silencio, que era absoluto: ¿Martín dónde está? De pronto sus ojotas estuvieron frente a mis ojos. El Arturo no podría hacer nada. Mi padre miró bajo de la cama y me alzó de un solo tirón y con fuerza. Fuimos directo a la cocina, pero en el camino vi los azulejos del baño manchados con hilos de sangre. Mi madre estaba sentada con Emilia en brazos, que llevaba un moño de algodón rojo en el pelo. Yo estaba blanco. Me preguntaron en qué estaba pensando para hacer semejante cosa, y sólo alcancé a preguntar “¿ahora vas a querer que Matías sea tu hijo?”.