Abandonar el nido y dejar la casa simplemente porque uno ya puede hacerlo es lindo. Uf… Es her-mo-so. De repente tenés tu espacio, tus horarios, tu orden y desorden. En terreno propio la ley es de uno y se cumple sin dramas. Se trata de la despedida más linda. Claro, en gran parte de los casos significa cumplir un sueño: dejás de depender del bolsillo ajeno.

Como en todas las partidas, no faltan las lágrimas, porque el "pollito" de los viejos ya tiene sus propias alas listas para cumplir su función. Están los que rompieron el cascarón hace rato y demoran más de la cuenta en volar porque a algunas comodidades no las rifan por nada. Igual, es básicamente pasar a cambiar un confort por otro. Seguro lo sabe el que ya armó las valijas y le dejó la habitación al hermanito, o sin querer la convirtió en el cuartito de las cosas.

Con la etiqueta de independencia que te cuelga en cada remera arrugada (esa que de ahora en más jamás pasará por una plancha) se te viene a la cabeza la vida cotidiana en familia. La que por un lado se extraña y por otro, para nada. A la hora de repasar las diferencias hay una que resulta más hermosa que todas, y está en la distancia que te acerca como nunca a los que antes dormían en la pieza de al lado.

¿Cuántas veces llegaste a casa y al “cómo te fue” de siempre respondiste con un sintético y seco “bien” antes de encerrarte hasta el otro día, cuando en realidad tenías una historia hermosa o de puros dramas para contar? Ahora, después de no verlos seguido, las mesas de domingo son más ricas y no por sus almuerzos. Con una sola visita, todo lo que te pasó en esos días, hasta los detalles que antes siempre obviabas, estiran las charlas de sobremesa. De repente encontrás esos confidentes que antes tenías al frente pero que sólo cuando vos -"pollito"- volaste, pudiste encontrar.