Julio César Guraiib tiene 42 años, vive en la zona de Mate de Luna y Ejército del Norte y se gana la vida como representante de un laboratorio de agroquímicos. Hasta aquí, nada del otro mundo. Pero basta con ponerle un arma en las manos para descubrir qué esconde en su hemisferio oculto. Pistolas, escopetas, fusiles de percusión o cualquier cosa que escupa balas se sentirán a gusto con él.
“Mi tema con el tiro viene desde muy chico. Fue mi papá quien me mostró este deporte con todo lo que en seguridad implica. La verdad, tuve muchas satisfacciones”, comenta Julio César, que debutó en el Tiro Federal de Tucumán y hoy también asiste al Club de Cazadores.
Aunque siempre se diga que a las armas las carga el diablo, este hábil tirador explora el lado menos peyorativo de apretar el gatillo. “Es apasionante. Un deporte sumamente mental, que exige mucha estabilidad emocional y es muy divertido. Lo que tiene de malo es que, al menos inicialmente, es caro”, describe.
No obstante, sostiene que a pesar de la mala fama que acompaña a las armas desde los tiempos del Lejano Oeste, soplan buenos vientos para la disciplina en el ámbito tucumano. “Más allá del momento y de las dificultades económicas que se presentan por tratarse de un deporte costoso, es una actividad que va en una clara expansión. Sobre todo en todas las variantes olímpicas. Una de ellas es el “foso”, una modalidad de tiro al plato, que cada día tiene más adeptos. Cuando uno la conoce y la practica, se enamora de manera instantánea”, asegura. Al parecer los flechados ya son varios...
El trabajo lo obligó a suspender su propio idilio por más de una década. “Al practicar un deporte amateur, tuve que dejarlo de lado hasta resolver lo otro”, remarca Julio César, que volvió 11 años después, pero recargadísimo. “En 2012 tiré casi todo el año, y en 2013 ya practiqué de principio a final. Aparte de tener varios logros con escopeta, los tengo en una especialidad con pistola que se llama tiro práctico, en otra disciplina con revólver que se llama tiro FBI, en una que se llama percusión con fusil”, enumera el hombre, que como todo deportista, atesora una ilusión olímpica. “Me encantaría, pero por una cuestión de edad lo veo lejos. Igual, soy una persona de voluntad férrea y generalmente consigo lo que me propongo. Por ejemplo, uno mis objetivos era volver a convertirme en campeón en Tucumán”, revela Julio, cuya esposa, Adriana Ponce, también practica tiro. “Sin su apoyo yo no haría absolutamente nada. Ella es la mitad que me complementa, mi gran alegría”, la define. Una mirada cómplice y llena de amor hace centro en el final de la nota.