En un libro en el que habla de la insondable singularidad argentina, el escritor y crítico Paul Groussac (1848-1929) aventuró la sospecha de que la civilización puede ser una etapa transitoria (“apenas un episodio”, decía) de la azarosa evolución de la humanidad. Y concluyó que el hombre puede recaer en su antigua barbarie: la selva o el desierto invadirán las ciudades, el perro volverá a ser un lobo, y el hombre... un salvaje. Y cuando contemplamos los hechos atroces que golpean a nuestra sociedad (los saqueos, la desigualdad social, la violencia, el avance imparable del narcotráfico) se puede concluir que Groussac tenía razón. Y es que la sociedad argentina está inmersa en una crisis de valores tan profunda, que cualquier profecía puede hacerse realidad. Y aún peor: esta crisis se ha vuelto tan cotidiana, que a veces es invisible. Como la carta robada del cuento de Edgar Allan Poe, que fue escondida en el lugar más simple y visible y que, sin embargo, no podía ser descubierta.
¿Cuál es el origen de esta crisis invisible? Tal vez cada lector tenga su propia teoría. Pero, en rigor, la raíz del problema habita en las dos células básicas de toda sociedad: la familia y la escuela. Allí se inscribe el ADN (por llamarlo de alguna manera) del ser nacional. Y si ambas fallan, todo el sistema sufre las consecuencias; como si un gen defectuoso amputara toda esperanza. En una reciente conferencia, el filósofo español Fernando Savater aseguró que los dos problemas centrales que están cambiando a la sociedad actual es la pérdida total de autoridad de los padres y la completa flexibilización de los contenidos educativos. “Hoy los niños llegan al colegio asilvestrados porque los padres quieren ser amigos de sus hijos y eso convierte al maestro en domador, pero ni el papel del maestro es el de domador, ni el del papá es el de amigo”, sentenció. Un concepto al que adhiere plenamente la psicóloga Pilar Sordo: “yo no sé quien dijo que una familia es un estado democrático, donde todo se somete a plebiscito. Hoy, por ejemplo, al chico se le pregunta: “qué querés comer”. Y objetivamente no hay ninguna posibilidad que un chico normal conteste que quiere comer verduras o legumbres a voluntad. Las decisiones deben ser gobernadas por los padres. Y eso no es autoritarismo. Hay que entender de una buena vez que ser padre significa, inevitablemente, ser molesto y exigente”. Una situación similar ocurre en la escuela. Según la psicóloga chilena, los educadores tienen una deuda enorme con los deberes de los niños. “Hemos hiperenfatizado el tema de los derechos de los chicos, pero casi se han descartado los deberes. Y cuando se hiperenfatiza un solo lado de la educación, sobreviene el desequilibrio”, dijo.
Así las cosas, lo que claramente le pasa al país es una lenta y dolorosa metamorfosis hacia una sociedad superficial, donde no importa tanto el ser, sino el hacer; donde ya nada tiene sentido si antes no es legitimado por Marcelo Tinelli y donde lo cortés fue suplantado por lo vulgar. Sí, porque el concepto de fuerza de voluntad -ese que llevó a nuestros abuelos a construir un país grande a base del ahorro y las buenas costumbres-, fue prácticamente olvidado. Es más: ese legado valioso, está siendo burdamente dilapidado a través de programas concretos del gobierno que van justamente a contrapelo del sentido común. Se ha arraigado la idea de que para tener un buen pasar no necesariamente hay que trabajar a destajo y que la dignidad no siempre otorga recompensas. Y esta es una concepción del mundo absolutamente egoísta y sin trascendencia, que puede llevarnos por un triste y peligroso camino.
Sin embargo, lo que le hace bien al alma, lo que ayuda a construir mejores personas, es -a no dudarlo- la educación en la voluntad y en su hermana gemela, la responsabilidad. De lo contrario nuestra sociedad seguirá cayendo, irremediablemente, en esa antigua barbarie que desvelaba a Groussac.