Retransitando a toda velocidad el contenido de sus 47 años, Diego Murga se encuentra con que todo lo fue descubriendo con el paso del tiempo, como corriendo sucesivos velos negros. Sin embargo, hubo dos cosas reveladas casi desde el principio: la arquitectura y los caballos. La pasión que incubó en su niñez por ambos es la que hoy lo impulsa a dividir sus horas fuera de casa entre su profesión y su afición.

“¿Viste cuando uno es chico y dice que de grande le gustaría ser policía, doctor o hasta Batman? Bueno, yo ya desde entonces decía que quería ser arquitecto”, cuenta Diego, pese a que bien podría haberse inclinado por el periodismo, profesión a la que se dedican su padre, Ventura Murga (que también es historiador) y su hermana.

“Nunca me tiró, la verdad. A mí siempre me gustó mi carrera”, insiste Diego, preso de una ansiedad por crear que lo llevó trabajar en la construcción ya desde antes de graduarse. Hoy, tiene su propia empresa, Murga & Hanne Constructora, con la que sostiene a su familia: su mujer, Candelaria (que también es arquitecta y trabaja con él) y sus cinco hijos. Ignacio, el primogénito, estudia Ingeniería y comparte con su padre la pasión equina. Luego vienen Guadalupe, Joaquín, María y Lucía.

Su otra mitad
Si fuera posible representar al arquitecto Murga con la figura de un centauro, diríamos que su lado caballar comenzó a desarrollarse en aquéllas primeras vacaciones en el campo. “Cuando éramos chicos íbamos siempre en el verano con un grupo de amigos. Allá siempre había muchas cosas para hacer y lugares donde ir a caballo. Era muy divertido, andábamos por todos lados. Creo que eso fue lo que fue definiendo mi gusto por ellos. Cuando pude, ya casado, me compre un campito acá cerca, en Los Nogales, para poder unir las dos cosas: el trabajo que me da tanta satisfacción, y el deporte que me apasiona”, relata.

Ese deporte es el pato, por el que Diego ganó el Premio LA GACETA. “Me parece muy importante este tipo de distinciones, para cualquier deportista de cualquier disciplina. Si bien uno juega porque le gusta, el reconocimiento de los pares y de la sociedad te da fuerzas para seguir superándote”, destaca.

Lo particular de su caso es que juega más polo que pato. “Lo que pasa es que acá en Tucumán está más organizado el polo. Jugamos entre tres y cuatro veces por semana. En pato se juega menos y hay menos jugadores”, compara.

Pisando las cinco décadas, dice que hay Diego Murga para rato. “No soy ningún chico. Pero aunque compito con rivales de 18 años, no siento mucha diferencia. Me siento en plenitud física y deportiva. Además, hemos armado un grupo de amigos con los que hacemos equipo casi siempre”, comenta Diego, jugador autodefinido “más voluntarioso que habilidoso”.

Ahora estamos en jurisdicción de 2014. “Lo encararé muy enchufado, con mucho interés. En mi estructura venimos trabajando desde hace tiempo, y con mis colaboradores creemos que estamos en un nivel como para ir a competir en cualquier parte del país, de igual a igual”, apuesta Diego, con una fe a prueba de balas.