El imaginario popular ha condenado a la administración pública como el sitio que mayor estrés postraumático genera a quienes concurren a efectuar trámites allí. Sin embargo, me permito disentir al menos parcialmente. O, al menos, reivindicar a buena parte de los estatales: hay áreas privadas que nada tienen que envidiarle al mal promocionado Estado.
¿Alguien debió realizar personalmente gestiones en alguna oficina de seguros? Si lo hizo, sabrá a qué me refiero. Los trabajadores de estas empresas, mayormente, se presentan hoscos. Hasta se asemejan a los demonizados empleados públicos en el escenario sobre el que actúan: cubículos de dos por dos para atender a quienes osan reclamar soluciones. En realidad, el parto de las aseguradoras comienza mucho antes. Se inicia cuando un vendedor, por lo general amigo y muy simpático, te asegura que esta empresa es diferente y que allí encontrarás todo lo que en las anteriores no hallaste. Te lee la lista de precios y de cobertura y uno, que de esto entiende poco y nada, acepta uno de los planes más caros. Hasta aquí, todo parece genial. Nos llega una carpeta muy linda con calcos de la empresa para pegar en el parabrisas y formularios escritos en un jeroglífico aún no descifrado.
Aquí, entonces, comienzan los dolores de cabeza. Cualquier siniestro, hasta el más insignificante, a uno le causa un trastorno. Desde reemplazar la cerradura de una puerta hasta cambiar una luneta. Todo, absolutamente todo, requiere más burocracia que la atribuida al Estado. A saber. Otra vez los formularios infinitos -que siempre se completan mal y causan el malestar del empleado-, los papeles que se deben presentar -siempre falta alguno- y las preguntas sin respuesta: “¿en qué kilómetro de la ruta 9 le ocurrió el percance?”, o “dibuje en el croquis el lugar del impacto”. Como corolario, cuando uno cree haber completado con éxito el safari asegurados (que incluye llevar el vehículo para que se le tomen fotografía), se topa con una salvedad: “la póliza sólo cubre hasta el 3% del valor asegurado”. Lógicamente, pocas veces la reparación que uno debe encargar está por debajo de ese fatídico porcentaje.
A juzgar por esta secuencia, no quedan dudas de que las productoras de seguros hacen los méritos suficientes para llegar, aunque sea, al podio de los sitios más engorrosos para realizar trámites. Si alguno conoce de alguna vacuna que prevenga estos males, sería bueno juntar firmas para que se la incluya en el calendario oficial. Yo, en mi corta experiencia, intenté una estrategia sin éxito: cambiar de productora periódicamente.